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Mensaje del párroco

 

"LA ALEGRÍA DE LOS HIJOS DE DIOS"  

Pasadas las fiestas del tiempo litúrgico de Navidad, nos encontramos de lleno en el llamado “Tiempo Ordinario”, un largo periodo en el que la Iglesia nos invita a contemplar la vida pública de nuestro Salvador. Pero es lógico que acometamos este nuevo segmento del año apoyados, empapados diríamos, de las cosas buenas que recordamos y revivimos en el tiempo de Navidad que acabamos de terminar.

Una cosa se destaca de modo importante: la profunda alegría que, generalmente, nos embarga a todos los cristianos en esta temporada. Y que, obviamente, tiene mucho que ver con los misterios que celebramos. En la misa del día de Navidad, de modo solemne escuchamos sobre Cristo en el prólogo del evangelio de san Juan: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios” (1, 11). Ahí está la clave, la explicación última, del gozo de estos días y, de alguna manera, de toda nuestra vida: la filiación divina.

Los antiguos Padres de la Iglesia repetían con frecuencia: “El Hijo de Dios se hizo hombre, para que el hombre se hiciera hijo de Dios”. El Verbo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad tomó la condición humana y la elevó a una dignidad infinita. San León Magno, papa, predicaba en una célebre homilía: “Nuestro Salvador ha nacido, alegrémonos (…). Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común a todos”. Todos, efectivamente, fuimos salvados, todos obtuvimos por Cristo el perdón de nuestros pecados, todos alcanzamos la condición de ser hijos de Dios. Por eso añadía: “Reconoce, oh cristiano, tu dignidad, ya que ahora participas de la misma naturaleza divina”.

Con esta idea en la mente y esta convicción en el corazón, debemos acometer el año que comenzamos. Llenos de paz y de alegría, sabiendo que la verdad más íntima de nuestra vida es que somos hijos de Dios. Hay, ciertamente, nubarrones en el horizonte. El panorama político y económico en nuestro país y en el mundo se nos presenta confuso. A todos nos desconcierta lo que está pasando al norte del río Bravo. Que se viene a sumar a las graves tensiones sociales y a las muchas divisiones y violencias que encontramos por todas partes. Pero no lo olvidemos: los grandes problemas, son también grandes desafíos y grandes oportunidades. Yo propondría, desde esta modesta tribuna, para acometerlos, dos cosas: fe en Dios y mucho trabajo.

Sobre el trabajo escribiré, Dios mediante, en nuestro próximo Campanario. Permítanme ahora decir unas pocas palabras sobre la fe y, más específicamente, sobre esa verdad fundamental que antes mencionamos: somos hijos de Dios. Que no nos quepa duda alguna: si como buenos hijos, permanecemos unidos a nuestro Padre Celestial; y, con su ayuda, procuramos también estar unidos entre nosotros, fortaleciendo día a día los lazos familiares y sociales; si nos apoyamos con firmeza en esta luminosa verdad de nuestra fe y en la gracia que conlleva, nos llamaremos victoriosos, venceremos todas las adversidades. Y, desde luego, no estaremos nunca tristes o pesimistas.

“Un hijo de Dios –predicaba incansablemente san Josemaría- no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiación divina: Dios es mi Padre, piensa, y es el Autor de todo bien, es toda la Bondad”. Y también, con mucha frecuencia, casi gritaba: “Que estén tristes los que no se consideren hijos de Dios”.

Pero todo esto no es solo para “saberlo”, sino, de alguna manera, para “sentirlo”, para “experimentarlo”, para “vivirlo”. Nuestro patrono lo comprendió un día de octubre de 1931. Pasaba por incontables dificultades para sacar adelante la fundación que el Señor le había pedido pocos años antes. Después de un día especialmente difícil, al salir de su iglesia, compró un periódico, se subió a un tranvía y, de repente, en medio de aquellos sufrimientos, se hizo la luz: “Sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater!”.

Él no lo olvidaría nunca y nosotros tampoco debemos olvidarlo. Sabiéndonos hijos de Dios y de la mano de Santa María este año que comenzamos será un buen año.

P. Francisco A. Cantú

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