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Pascua

Homilías de Pascua - Misa del día

 

 Homilía en la Misa del día

 

Los primeros encuentros de Cristo resucitado

           1. Después de la emocionante celebración de anoche, en la Vigilia Pascual, nos volvemos a encontrar este mediodía para la misa. Ayer escuchábamos el relato de san Mateo, hoy la liturgia nos propone el de san Juan. Un texto que tiene la frescura y el encanto del que relata cosas que ha visto con su propios ojos y palpado con su propias manos.

            Quisiera que, siguiendo el texto evangélico, pongamos nuestra atención en los primeros encuentros con esta impactante noticia: el sepulcro vacío y la resurrección del Señor. Se nos dice: “Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó”. Quien relata esto había estado en ese mismo lugar en la triste tarde del viernes anterior. Había acompañado a la Virgen María y a las santas mujeres en la limpieza del bendito cuerpo de su Señor. Sabía, por tanto, cómo había quedado dispuesto. Y, ahora, en esta luminosa mañana, entra, ve el modo en que están dispuestos los lienzos, y cree.

            A esa primera impresión se sumarán luego otras. Volverá a ver a Jesús en el Cenáculo y junto al mar de Galilea, cuando, según él mismo refiere, entre la bruma de la primera hora del día, le dice a Pedro: “es el Señor”. Estos inolvidables encuentros con Jesús, confirman la certeza de la verdad fundamental de su fe: Jesucristo es el Hijo de Dios, el Verbo Eterno del Padre hecho hombre, encarnado. Pero la fe ya estaba en él desde el momento en que bajó al sepulcro y, ante aquel sorprendente escenario, “vio y creyó”.

            2. Vale la pena considerar también el caso de María Magdalena. Podríamos, con la secuencia, preguntarle: “¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?”. Y escuchar con atención su respuesta: “A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”.

            Un amor apasionado y limpio la llevó a organizar diligentemente aquel equipo de mujeres, con tareas bien definidas, que en la madrugada del domingo se dirige al sepulcro para embalsamar el cuerpo, que ellas suponen sin vida, del Maestro.

            Llega, en efecto, muy temprano, todavía oscuro, dice el Evangelio. Y se encuentra con un hecho asombroso: la piedra está removida. Algo importante e inesperado ha sucedido. Y sin pensarlo más se dirige corriendo a comunicar la noticia  a los apóstoles. Es, por tanto, la primera trasmisora del acontecimiento. La apóstol de los apóstoles como ha querido denominarla recientemente el Papa Francisco. Luego, tras llorar un rato junto al sepulcro, el mismo Jesús se le aparecerá y la consolará. Para ir después, una vez más, al encuentro de los discípulos y decirles con el alma embargada de emoción: He visto al Señor.

          3. En tercer lugar, los quisiera invitar, queridos hermanos, a descubrir, no en el Evangelio, sino en una antiquísima tradición, el encuentro, la aparición, a su Madre, la Virgen Nuestra Señora. En una ocasión decía san Juan Pablo II: “María, que estuvo de manera especialmente cercana a la cruz del Hijo, hubo de tener también una experiencia privilegiada de su resurrección”.

            Es obvio que si Santa María no se unió al grupo organizado por la Magdalena, no fue porque no quisiese tener la delicadeza de embalsamar a su Hijo, sino porque no lo consideró necesario. Recordaba bien las palabras de Jesús y sabía que habría de resucitar. Y, en efecto, con toda lógica, al volver a la vida, el Señor se encamina antes que a nadie al encuentro de su Madre. Un momento conmovedor por muchos motivos:

            -  el cuerpo de Cristo que María  había dejado destrozado en la tumba, aparece ahora resucitado y glorioso;

            -  los ojos del Señor que se apagaron con la muerte, se le muestran ahora llenos de luz y de brillo, de una paz y una alegría indescriptibles;

            -  las llagas que antes eran expresión del odio y la violencia de sus enemigos, ahora son para ella expresión de triunfo y fuentes de amor.

             - Como bien se ha dicho (Fray Luis de Granada) si la Virgen enmudeció de dolor al pie de la Cruz, ahora enmudeció de alegría al verlo resucitado.

            Podemos, con la Iglesia, felicitar a María por la resurrección de su Hijo y llenarnos también nosotros de seguridad y de alegría en nuestra fe. Tenemos muchos y muy sólidos argumentos para afirmar el hecho histórico de que Cristo nuestro Señor, después de morir, volvió a la vida por su propio poder y, por tanto, es el Hijo de Dios y todo lo que hizo y enseñó tiene una autoridad indiscutible. Renovemos, pues, ahora con entusiasmo nuestra fe y nuestros compromisos bautismales. Y llevemos esta alegre noticia a todo el mundo.

Francisco A. Cantú, párroco

Santa Fe, Ciudad de México, a 16 de abril de 2017