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Pascua

Homilías de Pascua - Vigilia Pascual

 Vigilia Pascual

 

Tener y llevar la luz de Cristo

 

            “Que la luz de Cristo resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro espíritu”. Con estas hermosas palabras de la liturgia de la Vigilia Pascual, la más grande y noble de las solemnidades cristianas,  acabamos de encender el Cirio Pascual, imagen de Cristo vivo y glorioso, presente entre nosotros.

            Si ayer, con el alma traspasada de dolor, al terminar el Vía Crucis, dejamos a Cristo en la oscuridad del sepulcro. Hoy contemplamos, radiantes de alegría, la suave luz con la que, gradualmente ha iluminado el mundo entero.

            Nos llena de consuelo comprobar que las tinieblas del pecado y de la muerte, no tienen la última palabra para un cristiano. Es verdad que existe el pecado y que, por momentos, parece extenderse por la tierra. Comenzando por el pecado original, que heredamos de nuestros Primeros Padres; luego, nuestros pecados personales y, por último, esas lamentables estructuras de pecado que se producen por la reiteración individual y colectiva de las debilidades humanas.

            Entre nosotros, en este suelo mexicano  bendecido por Cristo Rey y por Santa María de Guadalupe, cuántas veces hemos padecido los estragos de la violencia, los efectos de la mentira y de la corrupción o de una distorsionada concepción de la sexualidad. Parafraseando a San Josemaría, diríamos que una ola sucia y podrida pretende anegar la Cruz bendita de nuestro Salvador, llenando al mundo de oscuridad y de tristeza.

            Pero no es así. El Cirio encendido en el presbiterio y la luz que todos ustedes han recibido y compartido esta noche, nos demuestra con evidencia lo contrario.

            Como decía Benedicto XVI hace unos años, poco antes de su retiro, a veces parece que el Señor está dormido en la barca de su Iglesia, parece que se ha olvidado de nosotros. Que el mal y sus consecuencias se multiplican por todas partes. Y anhelamos una intervención suya enérgica y contundente que cambie todas las cosas. Pero también aquí se aplica aquello de que “sus caminos no son nuestros caminos”, su modo de proceder no coincide con el nuestro. “El fuego de Cristo –decía el ahora Papa emérito- no es un fuego devorador y destructivo; es un fuego silencioso, es una pequeña llama de bondad, de bondad y de verdad, que transforma, da luz y calor.” Pero que, finalmente, llena al mundo de esperanza y de alegría.

            Hoy volvemos a escuchar con emoción las palabras del ángel del Señor a las santas mujeres: “No teman. Ya sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho”. Esta es la verdad que fundamenta nuestra fe. La pequeña luz que se encendió aquella noche en el sepulcro y que hoy, insistimos, ilumina todo el orbe.

            Esta noche, con fe renovada, volvamos a clavar la mirada en el resucitado y no olvidemos que de su triunfo en la Cruz nos viene la filiación divina. La honda certeza de que Dios es nuestro Padre. Un Padre lleno de ternura, de infinito amor por sus hijos. Y así como hace un rato nos trasmitimos unos a otros la luz de Cristo extendiendo su claridad por todo el templo, así, vayamos al encuentro de nuestros hermanos difundiendo por todas partes la verdad, la libertad y la alegría de los hijos de Dios.      

            Tengamos el convencimiento de que por Cristo, con Él y en Él venceremos al mal. Formaremos, vuelvo al pensamiento de San Josemaría, una ola blanca y poderosa, como la diestra del Señor con la que devolveremos al mundo su bondad y belleza, su santidad. Somos hijos de Dios, y ¡Dios puede más! Y somos también hijos de Santa María. Ella, como a los apóstoles en los primeros tiempos, nos llenará de paz y de consuelo en los momentos difíciles de esta gran empresa y no nos soltará de su mano hasta que lleguemos al Cielo.

Francisco A. Cantú, párroco

Santa Fe, Ciudad de México, a 16 de abril de 2017