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Pascua

Homilías de Pascua - Tercer domingo - Emaús

Emaús: la Eucaristía dominical

(Tercer domingo de Pascua - Ciclo A)

          1. Acabamos de escuchar el entrañable episodio de Emaús. Un relato que nunca deja de asombrarnos y conmovernos. San Lucas nos ofrece, con su excelente pluma, un buen resumen de los principales acontecimientos del domingo de resurrección. Y, de modo singular, el tremendo impacto que causa a sus discípulos el encuentro con el resucitado.

           Cleofás y su compañero, en aquella caminata vespertina pasan, poco a poco, del desaliento a la esperanza, de la tristeza a la alegría, de la oscuridad pesimista a la ilusión luminosa, en fin, de la soledad al encuentro gozoso con los demás.

           2. En la actualidad no faltan personas que se empeñan en presentar la fe cristiana desde una perspectiva sombría. Como algo que solo pide renuncias exageradas, sacrificios imposibles de vivir. Hoy nos encontramos con algo diametralmente opuesto. Emaús nos habla de gozo y de esperanza, de amor y de alegría. De lo profundamente gratificante y consolador que es el descubrimiento y la aceptación de Jesucristo:  “Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras”.

            Es cierto que nuestra vida en ocasiones es golpeada por las dificultades. Las malas noticias nos inclinan hacia el pesimismo y la tristeza. Nos colocan incluso al borde del derrumbe psíquico y espiritual. Como aquellos discípulos, también nosotros podríamos decir: “Esperábamos que él sería el libertador de Israel…”, confiábamos que se iba a resolver esto o lo otro, que podríamos obtener tal trabajo o promoción, tal venta o beca de estudios… Y no fue así.

            Quizás es que enfocamos las cosas desde un punto de vista demasiado humano y nos hace falta que Jesús nos diga: “Que insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas”. Necesitamos su palabra salvadora. Su palabra, exigente y amable a la vez, que nos sacuda interiormente y, como una suave brisa, despeje la bruma del miedo y la tristeza, de nuestra visión demasiado humana. Sí, ocurrió esto o lo otro, pero no siempre es tan negativo como nosotros lo vemos. Con lo que pasó (o con lo que no pasó) podemos ganar en humildad o desprendimiento, en paciencia o generosidad. Podemos aprovecharlo para nuestra santidad personal y para el bien de toda la familia.

           3. El camino de Emaús, queridos hermanos, es una bella representación de la liturgia de la Palabra de nuestra celebración eucarística dominical. Lo mismo que la llegada a la posada, el sentarnos a la mesa con el Señor, lo es de la liturgia eucarística, en la que Cristo parte para nosotros el Pan de Vida.

 

            Es verdad que se trata de un misterio de fe, de una profunda realidad envuelta en la penumbra del signo sacramental, pero también es verdad que con la ayuda de la fe, se puede convertir en un misterio luminoso. En una realidad que nos ofrece luz y calor. Recordemos que tras la consagración, el celebrante dice a la asamblea: “Este es el misterio de la fe”. Y ella, la asamblea, responde: “Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección”. Se nos invita a hacer un acto de fe en la presencia real de Cristo resucitado en el Santísimo Sacramento. Y, evidentemente, no se trata solo de palabras. Con fina intuición, san Juan Pablo II comentaba en uno de los últimos documentos de su pontificado: “Es significativo que los dos discípulos de Emaús, oportunamente preparados por las palabras del Señor, lo reconocieran mientras estaban a la mesa en el gesto sencillo de la fracción del pan. Una vez que las mentes están iluminadas y los corazones enfervorizados los signos hablan”[1].

 

            La fe ilumina el misterio, nos lo hace claro y atractivo. Nos lo hace, sobre todo, cercano. Recuerdo, en estos momentos, un precioso cuadro de un artista regiomontano por adopción, Efrén Ordóñez. En él se representa la posada de Emaús. El Señor en el centro de una mesa sencilla. Los discípulos uno a cada lado. Jesús sostiene un pan en su mano izquierda (llagada) y lo bendice con la derecha (también llagada). Hay sobre la mesa un cáliz  y un pescado. Y un detalle encantador: Se distinguen en los extremos dos ventanas abiertas, siendo  de noche brillan algunas estrellas y, en el fondo, aparece la silueta de las dos más emblemáticas montañas de Monterrey: el Cerro de la Silla y la Eme. El mensaje es transparente: Emaús entre nosotros. En Palestina, sí, a once kilómetros de Jerusalén y hace dos mil años, pero también ahora y en Monterrey, en Santa Fe, en Buenos Aires, Caracas o Madrid.

          4. Hermanos míos, que agradezcamos este don verdaderamente inestimable. Jesús se quiso quedar entre nosotros. Que nosotros sepamos ir a su encuentro cada domingo. Especialmente cuando, por cualquier motivo -viaje, compromiso social, sobrecarga de trabajo o de estudio- se nos haga un poco más difícil asistir a la Santa Misa.

            Benedicto XVI nos ha querido recordar el testimonio de aquellos insignes mártires del Norte de África en el siglo IV. Con un gesto despótico el emperador había prohibido la celebración de la Eucaristía. Y aquellos cristianos no tuvieron más remedio que desafiar el edicto imperial. Fueron descubiertos, procesados y sentenciados a muerte. Cuando alguien, desconcertado, les preguntó por qué lo habían hecho, uno de ellos respondió: sine dominico non possumus! No podemos vivir sin el alimento del Señor[2]. No podemos vivir sin Cristo. Aprendamos.

 

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 30 de abril de 2017

 

[1] SAN JUAN PABLO II, Quédate con nosotros, n. 14.

[2] BENEDICTO XVI, El Sacramento del amor, n. 95.