Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Los santos en el Cielo

1. Alegrémonos en el Señor y alabemos al Hijo de Dios, junto con los ángeles, al celebrar hoy a Todos los Santos[1]. Este mediodía, al comenzar el mes de noviembre, la liturgia de la Iglesia nos invita a mirar con alegría y esperanza a lo más alto del Cielo y a contemplar, junto a la Santísima Trinidad, a quienes han alcanzado la meta a la que todos nosotros aspiramos. En la primera lectura, el apóstol Juan nos comparte  en el Apocalipsis su impresionante visión del Paraíso. Vi luego una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas. Todos estaban de pie, delante del trono y del Cordero; iban vestidos con una túnica blanca; llevaban palmas en las manos y exclamaban con voz poderosa: “la salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”[2].

            A lo largo del año, el calendario litúrgico universal nos presenta el perfil de los más grandes santos, como Bernardo de Claraval o Catalina de Siena; el calendario local, nos ofrece algunos otros como, en México, el Padre Pro; por último, está el santoral, la lista de todos los santos según el día en que se conmemoran, como san José de Cupertino el 18 de septiembre o santa Laura el 19 de octubre. Se trata, en todos estos casos, de santos que ordinariamente tras un riguroso proceso de canonización, han sido declarados ejemplarmente heroicos por la Iglesia. No son ellos propiamente los que hoy celebramos. Hoy más bien dirigimos nuestra mirada con emoción y gratitud a una muchedumbre incontable y anónimade almas sencillas y buenas de toda edad y condición, de toda lengua y profesión que, tras una vida de fiel cumplimiento de la voluntad divina, murieron en paz y alcanzaron la unión con Dios para siempre aunque no hayan recibido ninguna certificación de su santidad.

            Hoy, por eso mismo, se enciende en nosotros con especial viveza la esperanza de que algún día, cuando Dios quiera, al ser llamados a su presencia y con la ayuda de su gracia, mereceremos también alcanzar el premio de la bienaventuranza eterna. Entonces exclamaremos felices y con honda convicción, junto con ellos: “Amén. La alabanza, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fuerza, se deben para siempre a nuestro Dios”[3].    

Una autopista al Cielo

            2. Esa perspectiva, que podríamos denominar escatológica, ya que apunta a la vida eterna, nos ayuda, por otra parte, a dimensionar mejor las cosas que nos ocurren cada día. Es importante, desde luego, la salud, la familia, el trabajo, nuestra situación económica, el deporte y tantas cosas más. Pero no es tan importante como a veces nos lo imaginamos con una visión demasiado apegada a la tierra. En un punto de Camino reflexionaba san Josemaría: Todo eso, que te preocupa de momento, importa más o menos. –Lo que importa absolutamente es que seas feliz, que te salves[4].

            Si tuviésemos más presente nuestra salvación eterna veríamos las cosas materiales de otro modo, sin agobios, con más libertad interior, con más paz. Tal como lo entendió y lo predicó san Juan apóstol al afirmar: Queridos hijos: Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no solo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos[5]. Es esta perspectiva –la filiación divina– la que nos debe impulsar a la conquista de la santidad. A ser dichosos con lo que el Señor quiere y no con las absurdas fantasías de nuestra vanidad. A ser dichosos, insisto, con la pobreza de espíritu, la misericordia, la limpieza de corazón…[6] Carlo Acutis, el joven laico italiano de apenas quince años que el 10 de octubre pasado fue beatificado en Asís, era profundamente devoto de la Eucaristía. Y solía decir que la consideraba como una autopista al Cielo. Pienso que la misma metáfora se podría aplicar a nuestro bautismo, a nuestra vocación cristiana que, bien vivida, nos clarifica la senda a la unión con Dios y, por tanto, a la felicidad temporal y eterna.

Fuertes y responsables

            3. Sí, queridos hermanos, hoy es un momento adecuado recordar que estamos llamados a la santidad, a entrar al Cielo por la puerta grande. Y nos será muy consolador, en ese empeño, considerar que la Iglesia nos propone esa íntima y profunda relación entre todos los bautizados llamada Comunión de los Santos: Como todos los creyentes formamos un solo cuerpo –nos dice el Catecismo–, el bien de unos se comunica a los otros[7]. Nos anima saber que quienes estamos en la tierra tenemos un fuerte vínculo tanto con los que después de morir están en el purgatorio, reparando sus faltas; como con los que ya gozan de la bienaventuranza celeste. Todos formamos una única realidad viva, la Iglesia Católica Universal, el Cuerpo Místico de Cristo[8].

            Y esto tiene importantes consecuencias. A una muy concreta se refería san Josemaría cuando recogió en Camino: Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel[9].

            En efecto, pensar en esa interdependencia nos hace fuertes, pero también responsables. No da lo mismo si decimos siempre la verdad, aunque nos cueste, o si cómodamente acudimos a la mentira; no da lo mismo si nos levantamos temprano y llegamos a tiempo al trabajo, o si, por holgazanes, nos quedamos dormidos. No, no da lo mismo.

            La Virgen María es la Reina de todos los Santos. Que su intercesión nos estimule en la lucha por ser santos y nos mantenga en la esperanza de algún día lograrlo.

Francisco A. Cantú, Pbro.
Santa Fe, Ciudad de México, a 1 de noviembre de 2020.


[1] Antífona de entrada.

[2] Primera lectura, Apocalipsis, 7.

[3] Ibidem.

[4] San Josemaría, Camino, n. 297.

[5] Segunda lectura, 1 Juan 3, 1.

[6] Cfr. Evangelio, Mateo 5, 1-12.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 946.

[8] Cfr. ibid. n. 962.

[9] San Josemaría, Camino, n. 549.