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Ante esta inédita Navidad: oración contemplativa[1]

 

Un Dios que se hace carne

 

  1. Es bueno recordar ahora, que el gran tema que nos propone la liturgia de Adviento y de Navidad es la contemplación del misterio de la encarnación. En esta parte del año se nos invita a apreciar mejor el portento de que el Hijo de Dios, siendo igual al Padre en todo, quiso, sin dejar de ser Dios, hacerse Hombre para salvarnos. La Escritura nos propone esta verdad de fe con textos profundos y llenos de belleza. Por ejemplo, el magnífico prólogo al evangelio de san Juan: En el principio ya existía aquel que es la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios (…) Y aquel que es la Palabra se hizo hombre (carne, sarx en griego) y habitó entre nosotros [2].

           Otro fragmento muy significativo es la página de san Lucas que acabamos de escuchar[3]. La descripción del instante y del lugar precisos en que ocurrió ese imponente milagro. En palabras del Papa Benedicto XVI: el momento decisivo en el que Dios –por medio del arcángel Gabriel– llamó al corazón de María y, al recibir su “sí”, comenzó a tomar carne en ella y de ella[4]. Carne, no solo espíritu, Cristo asume la condición humana completa, exactamente igual a la nuestra, salvo por el pecado del que, evidentemente, estuvo exento.

 

           ¡Cuántas profundas consideraciones han hecho los Padres de la Iglesia, reflexionando sobre esta escena de la Escritura! San Ireneo de Lyon, por ejemplo, en su tratado en Contra de las herejías, concluía sabiamente: Por eso el Señor afirma que él es el Hijo del hombre, el hombre por excelencia, el cual resume en sí al linaje humano nacido de mujer, de modo que, si nuestra especie bajó a la muerte a causa de un hombre vencido (Adán), por un hombre victorioso (Cristo) subamos de nuevo a la vida[5].

 

Oración contemplativa

 

  1. Quisiera proponerles, queridos hermanos, que apoyándonos en estas enseñanzas y ante la inminencia de la Navidad, cuando tenemos a la vista tantas imágenes de este misterio como nos llegan estos días ya sea de forma impresa o virtual, que procuremos reservar unos minutos al día (quince o veinte), para acercarnos al misterio con una oración que procure ser contemplativa.

           Pienso que esto es más necesario que nunca, cuando nos disponemos a pasar unas fiestas navideñas en un contexto de dolor y angustia por la pandemia que a todos nos ha afectado íntimamente. Es muy importante, como nos han querido recordar en días pasados los obispos de la Ciudad de México, que tengamos en cuenta que esta celebración (…) en muchas familias será en medio de dolorosas ausencias; en otras, a la espera de un informe sobre la salud de un familiar internado; habrá quiénes la pasarán solos al no poder visitar a sus seres queridos para evitar el contagio; algunos más vivirán estos días suplicando a Dios que  esto se acabe pronto[6].

 

           Una actitud contemplativa y agradecida del misterio de la Navidad, es el mejor camino para llenarnos de esperanza y para encontrar sentido al dolor que estamos viviendo. No olvidemos que Cristo mismo vino al mundo para salvarnos por medio del sufrimiento amoroso de la Cruz. Y que, luego, resucitó glorioso y nos espera junto al Padre en el Cielo.

 

No es tan difícil

 

  1. Oración contemplativa, entonces. Un diálogo personal con Jesús, llamándolo por su nombre. En la medida de lo posible, un diálogo íntimo, natural, de tú a tú, de corazón a corazón. Como creyentes cristianos, hermanos míos, no podemos caer en la absurda tentación de solo buscar la meditación como un recurso humano para gratificar el espíritu. Una forma de obtener armonía interior a través de una difusa conexión con la energía cósmica. Ese camino que, lamentablemente, tantos cristianos desorientados recorren en estos últimos años.

           No hace mucho, al tomar un interesante curso con un experto en teología espiritual (Javier Sesé), nos hacía considerar que la oración contemplativa, es difícil y fácil a la vez. Y para ilustrar esto último, evocó un detalle encantador de la película La Pasión del Señor del conocido director norteamericano Mel Gibson.  Es una escena en flashback. Mientras la Virgen acompaña a su Hijo en el tremendo camino de la Cruz, viene a su memoria un recuerdo de Jesús joven. El Señor está haciendo un mueble en el taller de carpintería del hogar de Nazaret. Es medio día y la Virgen se acerca a su Hijo para invitarlo a comer, no sin antes recordarle que se lave las manos. Él, naturalmente, obedece, pero aprovecha el momento de lavarse para cariñosamente arrojar un poco de agua en la cara de su Madre. Luego ambos se abrazan con ternura. Pues bien, ese lávate las manos, es una auténtica oración contemplativa de María con su querido Hijo que es, a la vez e inseparablemente, el Hijo de Dios.

 

           Con honda convicción y lenguaje directo, el Papa Francisco nos está recordando que los cristianos no podemos esconder que si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados-enviados. Si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer. Otros beben de otras fuentes (…) nuestro manantial está en el Evangelio de Jesucristo[7]

           Acudamos en estos duros momentos confiadamente a ese manantial, y Jesús nos enseñará, como a la samaritana junto al pozo de Sicar, a conocer el don de Dios[8].

 

Francisco A. Cantú, Pbro.
Santa Fe, Ciudad de México, a 20 de diciembre de 2020.

 

[1] Homilía en el IV domingo de Adviento, ciclo B.

[2] Juan 1, 1-2. 14.

[3] Evangelio, Lucas 1, 26-38.

[4] Benedicto XVI, Ángelus 21 de diciembre de 2008.

[5]  San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, Libro V, 19. Recogido en la Liturgia de las Horas, del viernes de la II semana de Adviento.

 

[6]  Obispos de la Provincia Eclesiástica de México, Carta Cuidemos la vida en esta Navidad y Año Nuevo, 17 de diciembre de 2020.

[7]  Papa Francisco, encíclica Fratelli tutti, n. 277, 3 de octubre de 2020.

 

[8]  Juan 4, 10.