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Aprender de Jesús a dominar las emociones[1]

Un deplorable espectáculo

1. El evangelio de san Juan que hoy nos propone la liturgia de Cuaresma, presenta la escena de la purificación del Templo de Jerusalén en los comienzos de la vida pública del Señor. Jesús se dirige a la Ciudad Santa para celebrar la Pascua y la entrar en aquel recinto sagrado, se encuentra con una desagradable sorpresa. Una abigarrada muchedumbre de mercaderes está involucrada en la venta de animales para los sacrificios que establecía la ley de Moisés: hay ovejas,  bueyes y palomas; mucho ruido: regateos y discusiones de unos con otros, mugidos de las bestias, algunos gritos; también hay estiércol y abundante suciedad…

           Comprendemos que ante aquel deplorable espectáculo, el alma de Cristo se llene de una santa indignación y que tomando unas cuerdas, forme un látigo y arremeta contra todo aquello. El Señor dispersa a los animales, vuelca las mesas, tira por el suelo las monedas y con firmeza ordena: Quiten todo eso de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre[2].

           La escena es impresionante y es claro que se grabó en la memoria de todos los testigos. La consignan –no por casualidad– las cuatro versiones del evangelio. Ahora bien, para intentar comprender lo que realmente ocurrió aquel día, es necesario hacer algunas distinciones. Separar lo que fue de lo que no fue aquel singular acontecimiento.

Jesús nunca fue violento

           2. Comencemos por puntualizar lo que no fue. Es verdad que Jesús reacciona con inusual energía ante el abuso que percibe. Pero, según importantes especialistas, aquello no fue propiamente una gesto de violencia contra las personas, sino un enérgico rechazo de una conducta que consideró codiciosa y desordenada. Yo, personalmente, quisiera suponer que el látigo lo empleó más para dispersar a los animales que para castigar a las personas.

           No fue tampoco una acción revolucionaria como a veces se ha presentado. Jesús no era un guerrillero subversivo ni contra las autoridades religiosas ni contra el dominador romano. Había en aquel tiempo personajes así. Eran los llamados “zelotes”, judíos, un tanto fanáticos, firmemente resueltos a romper el yugo de Roma y dispuestos a emplear, para conseguirlo, los medios que fueran necesarios, incluyendo la violencia. Está documentado que frecuentemente asesinaban legionarios aprovechando las grandes concentraciones populares de las festividades religiosas de Israel. Sumergidos en la turbamulta, empleaban la sica (un puñal de punta muy aguda y filo curvo, que clavaban por la espalda de los soldados mientras estos hacían guardia en distintos sitios. Por eso recibieron el nombre de sicarios (término que tristemente ha llegado hasta nuestros días).

           Es imposible –nos enseña Benedicto XVI– interpretar a Jesús como violento: la violencia es contraria al reino de Dios y un instrumento del anticristo. La violencia nunca le sirve a la humanidad, es más, la deshumaniza[3].

Un gesto profético

           3. Si no fue un arrebato de violencia ni un acto de subversión, ¿qué fue entonces? Fue un gesto profético. Una forma más de manifestar la íntima y profunda relación con su Padre Celestial. Un acto de amor intenso –celoso, vivamente apasionado–  a la gloria de Dios que se reflejaba en el Templo de Jerusalén. El lugar de oración  por excelencia del pueblo elegido, que aquellos desaprensivos estaban profanando con sus turbias negociaciones. San Juan destaca que en ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: “El celo de tu casa me devora”.

           Fue, además, una forma muy sugestiva de manifestar su condición de Hijo de Dios, de mostrar el mismísimo misterio de la Encarnación. Cuando las autoridades judías le reclaman con qué autoridad se atreve a hacer esas cosas, el Señor responde: Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré. Comprensiblemente aquellos hombres no entendieron lo que Jesús les quiso decir, pero el evangelista explica: Él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho. Jesús es el nuevo y verdadero templo de Dios, en quien, como apunta san Pablo con una densa expresión: habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente[4].

Emociones controladas

           4. Por otra parte, y me parece algo muy aprovechable para nosotros, ese enérgico desplante de Jesús manifiesta, como pasajes del Evangelio, su condición plenamente humana. Jesucristo es, sí, el Hijo de Dios vivo, pero es también hombre perfecto. Con emociones, pasiones y sentimientos como los que tenemos todos nosotros. Se entristece con la muerte de Lázaro, se llena de ternura con las buenas disposiciones del joven rico y, nos dice san Marcos, lo mira con amor[5]; se alegra con las noticias que le dan sus discípulos a la vuelta de su misión apostólica y, como estamos viendo, se enfada al ver que los mercaderes del Templo convierten la casa de Dios en una cueva de ladrones[6].

           Tristeza, amor, alegría, ira… emociones humanas, pero en su caso, perfectamente ordenadas, plenamente sometidas al dictamen de su razón e inseparablemente ligadas –por la unión hipostática– a su condición divina. Contemplar así a nuestro Redentor es, indudablemente, un motivo de inspiración para todos nosotros. Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús[7]. Lo que evidentemente, después del pecado original y el trastorno que ha implicado en nuestra naturaleza, no es algo sencillo. Pero, y ahí está la gran noticia, la fuente de optimismo, no es algo imposible.

           ¡Cuántas veces a lo largo de la vida batallamos con las expresiones débiles de nuestro temperamento! A veces, por esa parte genética (hereditaria) de nuestra personalidad, somos volubles, otras veces tímidos o melancólicos, somos irascibles o melosos. Pues todo eso, que quede claro, no es irremediable,  se puede corregir de modo gradual con la lucha personal y la gracia de Dios, si no quitamos la mirada de Nuestro Señor Jesucristo.

           ¿Por qué a veces siento lo que siento?, podríamos preguntarnos, ¿por qué esos altibajos?, ¿esos malos momentos? Con una reflexión serena y una valiente autocrítica ubiquemos dónde está el problema, dónde está la raíz de esos comportamientos y decidámonos a corregirlos.  No caigamos en la trampa de pensar que eso que nos pasa es un destino inexorable. Alguien ha dicho atinadamente que la educación (nosotros podríamos decir la formación cristiana) es un intento de rescatar al ser humano de la fatalidad zoológica para impulsarlo por un camino plenamente humano[8]. Contamos con el tesoro de nuestra libertad y, repito, de la gracia de Dios que nunca falta.

           Que María nos ayude a parecernos a su Hijo Jesús.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 7 de marzo de 2021.


[1] Homilía en el III domingo de Cuaresma, ciclo B.

[2] Evangelio, Juan 2, 13-25.

[3] Benedicto XVI, Ángelus, 11-III-2012.

[4] Colosenses 2, 9.

[5] Marcos 10, 21.

[6] Lucas 19, 46.

[7] Filipenses 2, 5.

[8] Alfonso Aguiló, Educar los sentimientos, p. 135.