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Ayunar de información inútil[1]

Una señal en el cielo

1. La Biblia recoge con cierta frecuencia, como referidas a Dios, expresiones del comportamiento humano. Lo hace, dicen los expertos, para que nosotros podamos comprender mejor sus diversos mensajes. Son los llamados antropomorfismos. Consideraciones que solo metafóricamente corresponden a Dios. Así, en el Génesis podemos leer que cuando los hombres se fueron dispersando por la tierra creció tanto la maldad, fueron tantos sus pecados, que Dios se arrepintió de haber creado al hombre sobre la tierra y se entristeció en el corazón[2]. Y decide, por medio del diluvio, darle un castigo ejemplar.

           Había, sin embargo, un hombre justo llamado Noé. Y el Señor quiso salvarlo con su familia y algunos animales por medio de un arca. Pasado el castigo, Dios estableció con Noé un pacto, una alianza, y la selló con un hermoso signo. Es el pasaje que hoy nos propone la primera lectura: Esta es la señal de la alianza perpetua que yo establezco con ustedes y con todo ser viviente que esté con ustedes: pondré mi arco iris en el cielo como señal de mi alianza con la tierra (…). No volverán las aguas del diluvio a destruir la vida[3].

           Algunos autores estiman que ese singular fenómeno atmosférico es una figura de Cristo en la Cruz, la más clara y bella expresión del amor de Dios y de su inquebrantable voluntad de perdón. De la nueva y definitiva alianza entre Dios y los hombres.

Jesús en el desierto

           2. La Cuaresma que estamos empezando en la vida de la Iglesia, nos recuerda el insondable misterio del amor de Dios por los hombres que le llevó a mandarnos a su Hijo unigénito para que, por medio de su sacrificio salvador, nos reconciliara con Él. Vamos a vivir, como Jesús en el desierto, cuarenta largos días de oración y de penitencia para prepararnos al gran acontecimiento de nuestra fe: la Pascua, la conmemoración litúrgica de la pasión, muerte y gloriosa resurrección de Cristo.

           Con el sencillo y hermoso gesto de la imposición de la ceniza, el miércoles pasado se nos recordó lo que hoy nos dice Jesús en el Evangelio: Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio[4]. Tradicionalmente, esto se concreta en tres ámbitos: la oración, el ayuno y la limosna.

Un ayuno peculiar

           3. Sobre el ayuno, en concreto, ha escrito el Papa Francisco en su mensaje para este año: Es una experiencia de privación (…). Quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo. Y, luego, añade un punto muy actual y muy aprovechable: Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones –verdaderas o falsas–  (…) para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero “lleno de gracia y de verdad”[5]: el Hijo de Dios Salvador[6].

Quisiera detenerme un poco en esta saturación de informaciones de la que habla el Santo Padre y a la que somos todos tan proclives en la actual sociedad globalizada e informática. Comenzaría con una aclaración. El deseo de saber es lo más natural y sano en la vida de toda persona. San Agustín nos recuerda: El hombre ha sido creado para percibir la verdad y desea en  lo más profundo de sí mismo conocerla para encontrarse en ella y descubrir allí su salvación[7].

En esta inclinación natural a la verdad se funda, por otra parte, el deber de buscarla. Un deber que se va concretando según las circunstancias de la vida de cada uno. Como católicos, por ejemplo, todos, cada quien de acuerdo a sus posibilidades, tenemos obligación de conocer las verdades de nuestra fe para alcanzar la propia salvación y la de los demás. Entre los casados, es muy conveniente el conocimiento de lo que es el matrimonio, la familia y la educación de los hijos. Existe también el deber de buscar la verdad en el ámbito de la propia profesión: medicina, derecho, arquitectura… Así como los deberes éticos que nuestra profesión lleva consigo, la llamada deontología.

Pero todos sabemos que esto no es sencillo. En la condición humana después del pecado original, adquirir estos conocimientos implica un notable esfuerzo. Se requiere la intervención de una virtud muy poco valorada en nuestros días: el estudio (studiositas, en latín) que, para santo Tomás de Aquino, es la virtud que modera y orienta, según la razón, el deseo de conocer[8]. Un esfuerzo ordenado, serio, estructurado, por alcanzar la verdad en una determinada rama del saber. Se trata de una parte de la templanza (la virtud que establece la recta medida en todo lo que produce placer) pues se sobreentiende que el saber, el estar enterados, a todos nos ofrece un cierto gozo espiritual. Para estudiar, entonces, necesitamos templanza, y con ella, también fortaleza. Ya que la conquista de la verdad es frecuentemente una meta ardua, difícil de alcanzar. Requiere dedicación de tiempo, concentración de la mente, constancia, humildad, etc.

Las hijas de la curiosidad

4. A la studiositas se opone como vicio contrario, la curiositas, un deseo de saber desordenado, superficial y caótico[9],  sin planificación, ni profundidad. Un conocimiento que divierte un rato, que nos evade de la realidad y nos engaña haciéndonos suponer que sabemos. Si el estudio nos encamina a la verdad, la curiosidad nos aleja de ella. Y, no pocas veces, literalmente nos envenena. Como se comprueba  frecuentemente hoy día en el mundo de las redes sociales.

Hijas de la curiosidad son la superstición que nos lleva, por un loco afán de saberlo todo, a consultar adivinos o futurólogos; las habladurías que nos inclinan a indagar sobre las vidas ajenas y a opinar sin fundamento sobre ellas; la vanidad  por la que nos presentarnos falsamente ante los demás como “enterados”; la dispersión, ese picotear por todas partes, que solo nos quita eficacia y nos hace perder el tiempo…

Pienso que a algo de esto se refería san Josemaría en un agudo punto de Camino: No caigas en esa enfermedad del carácter que tiene por síntomas la falta de fijeza para todo, la ligereza en el obrar y en el decir, el atolondramiento…: la frivolidad, en una palabra.

           Y la frivolidad –no lo olvides– que te hace tener esos planes de cada día tan vacíos (“tan llenos de vacío”), si no reaccionas a tiempo –no mañana: ¡ahora! –, hará de tu vida un pelele muerto e inútil[10].

           4. Conviértanse y crean en el Evangelio. Hagamos nuestra la llamada del Señor, empeñándonos en evitar conocimientos vanos y dañinos, a la vez que adquirimos –con el estudio– una buena formación intelectual. Que nuestra mente y nuestro corazón no sean como un almacén de muebles viejos y apolillados, sino una sala de estar bien amueblada y decorada, simpática y acogedora.

           A Nuestra Señora, Asiento de la Sabiduría, le pedimos que sea nuestra inspiración.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 20 de febrero de 2021.


[1] Homilía en el I domingo de Cuaresma, ciclo B.

[2] Génesis 6, 5.

[3] Génesis 9, 12-13.

[4]  Evangelio, Marcos 1, 15).

[5]  Juan 1, 14.

[6] Papa Francisco, Mensaje  para la Cuaresma 2021, 1.

[7]  Cfr. 1 Timoteo 2, 4. San Agustín, Confesiones, X, 23..

[8] Cfr. S. Th., II-II, qq. 166-167.

[9] Cfr. Ibid., q. 167, a. 1.

[10] San Josemaría,  Camino, n. 17.