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Colocar a Cristo en la cumbre de las actividades humanas[1]

En el pan y en la palabra

1. Señor, quisiéramos ver a Jesús[2]. Esta petición que algunos griegos venidos a Jerusalén para la Pascua, hicieron al apóstol Felipe, se prolonga a lo largo de la historia y llega hasta nuestros días. También los hombres y mujeres de hoy tienen esa inquietud. Más o menos conscientemente, en el fondo de muchos corazones jóvenes late el deseo de conocer a nuestro Salvador. Y piden a sus discípulos, no solo que les hablen de Cristo, sino que de alguna manera se lo hagan ver[3]

            La gran pregunta es, ¿cómo hacerlo?, ¿cómo mostrar el verdadero rostro de Cristo, de manera que su suave luz resulte clara y convincente para aquellas personas que, si bien por una parte anhelan ese encuentro, por otra, están sumergidas en un cierto desencanto ante la falta de testimonio de sus discípulos?

            Para responder adecuadamente a ese enorme desafío, para que nuestro mensaje no suene a campana rota, no hay otro camino que buscar la intimidad con el Maestro. Una lectura asidua de los textos del Nuevo Testamento y una cada vez más íntima comunicación personal con Él en el pan y en la palabra, en la Eucaristía y en la oración.

“Atraeré a todos hacia mí”

            2. Como siempre, el mejor camino es imitar a los santos. El secreto de la vida de esos grandes enamorados de Cristo que hoy veneramos en los altares no fue otro, pan y palabra. Buscaban a Dios como el ciervo busca las fuentes de las aguas[4], y lo encontraron en la oración y en la Eucaristía. Escuchando el texto de san Juan que hoy nos propone la liturgia, viene a mi memoria un importante suceso en la vida de san Josemaría, nuestro querido patrono. Corría el mes de agosto del año 1931 y se encontraba en Madrid. Hacía muy poco que Dios le había pedido la fundación del Opus Dei: Abrir un nuevo camino en la Iglesia para que todos los fieles, incluidos los laicos, pudiesen encontrar la santidad en la vida ordinaria, en el cumplimiento fiel del trabajo de cada día.

            Aquella mañana, en la fiesta de la Transfiguración del Señor,  san Josemaría estaba celebrando misa. Como él mismo refiere: Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar  la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme (…) vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (…). Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas[5].

            En el texto evangélico al que se hace referencia y que se nos propone también en la misa de hoy, Jesús expresa que está próximo su sacrificio redentor. Sabe que pronto, como el grano de trigo, va a morir para dar frutos abundantes de salvación. El camino establecido por los inescrutables designios de Dios para nuestra redención no era otro que la Cruz. Por eso, acto seguido, pronuncia estas profundas palabras: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. El sentido del ser levantado de la tierra, es justamente que al morir en la Cruz iba a redimir, a salvar, a toda la humanidad.

Iluminar la convivencia social

            3. Ahora bien, san Josemaría, aquel día que antes mencionamos, recibió una nueva luz. Lo que el Señor quería decirle a él es que deseaba que al cumplir sus deberes ordinarios, con mucho amor de Dios, los cristianos que viven en medio del mundo, colocaran a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas honestas. Lo que, muy queridos hermanos, es una meta que tiene plena actualidad. Urge que nosotros llevemos la luz de Cristo a todas partes: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña[6].

            En efecto, la verdad salvadora de Cristo debe iluminar nuestras vidas, nuestras familias y lugares de trabajo, pero quisiera que hoy recordáramos también que el Evangelio debe iluminar la convivencia social, debe ser para nuestro querido México, luz y esperanza. Es responsabilidad irrenunciable particularmente de los fieles laicos velar para que las leyes y las instituciones del Estado no solo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y deberes de la persona y de la familia, conforme a esa verdad revelada por Dios[7].

            Con una conciencia bien formada, los laicos católicos deben analizar las iniciativas de ley que puedan estar en marcha en un momento dado, y asegurar que no vulneren los sagrados valores de la vida, del matrimonio, de la libertad religiosa, del derecho de los padres a la educación de sus hijos, y tantos más. Y, si fuera el caso, es decir, si hubiese algún proyecto de ley que atente contra estos valores, es preciso actuar con firmeza para evitarlo. De aquí la importancia de estar bien informados. Seleccionar bien nuestras lecturas, formarnos un buen criterio sobre esos temas difíciles para, luego, con la ayuda de Dios, dar la batalla en el ámbito de la opinión pública. Utilizar las redes sociales, los foros abiertos en programas de radio y televisión, las secciones de los lectores de los diarios y revistas, etc. de forma que todos contribuyamos a sensibilizar a la población en el respeto a esos valores que, además, son tan apreciados por la inmensa mayoría de los mexicanos.

            Hay dos cosas más que quisiera mencionar antes de terminar. En primer lugar, esa práctica tan arraigada en las democracias avanzadas, de mantener comunicación con los legisladores (diputado o senador) de nuestra circunscripción electoral. Recordarles que su principal obligación es para con sus electores y no para con el jefe de su partido político u otro personaje semejante. Y, en segundo lugar, poner delante de ustedes ese derecho y deber importantísimo que es el voto. Apuntar escuetamente que se trata de un instrumento formidable para que, de modo sereno y razonado, coloquemos en los puestos de mayor influencia social a las personas y a los partidos políticos que estén en sintonía con nuestros valores. Ejerzámoslo, por tanto, con la mayor responsabilidad y animemos a muchas otras personas en este mismo sentido. Lo que está en juego es algo muy grande. No admitamos confusión o atolondramiento en algo tan trascendente.

            Que Santa María de Guadalupe, la Reina de México, nos inspire y fortalezca en esta gran empresa de trabajar por un mejor país, por dejar a las futuras generaciones una sociedad más conforme con el Reino de Cristo.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 21 de marzo de 2021.


[1] Homilía en el V domingo de Cuaresma, ciclo B.

[2] Evangelio, Juan 12, 20-30.

[3] San Juan Pablo II, Novo millenio ineunte, n. 16.

[4][4] Salmo 42

[5] San Josemaría, citado por A. Aranda, en Diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer, p. 558.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.

[7] Cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 247.