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Conservar la ilusión a lo largo del camino[1]

Una estrella singular

1. ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo[2].  Fue esta la inesperada pregunta que unos hombres ricos y poderosos, ataviados con ropajes inusuales y acompañados de una aparatosa comitiva, hicieron al llegar a Jerusalén.

           Tiempo atrás, una feliz noche, en su país de origen, apareció en el firmamento esa peculiar señal y aquellos hombres sabios vieron en ella una llamada de lo alto. Una señal lo suficientemente clara para realizar una compleja expedición en busca de un niño recién nacido. La narración que acabamos de escuchar es de san Mateo, algo más parco en detalles que san Lucas. Por lo tanto, nos tenemos que conformar con ese vago “de Oriente” con el que se describe su procedencia. Y con el término “magos” para saber su profesión. Si venían de Persia (lo que es muy probable) allá los magos eran sabios dedicados a la observación de las estrellas y de las diversas fases de la luna. Y, con esos elementos “científicos” buscaban señales para la interpretación de los sucesos de su vida y de la historia. E incluso para escrutar misteriosos presagios futuros.

           No sabemos exactamente cuántos eran. La tradición habla de tres (aunque podían ser más) y les asigna unos nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar. Lo cierto es que vieron la estrella y se movilizaron, sin detenerse hasta conquistar la meta que se había propuesto: encontrar y adorar al rey de los judíos.

           En estos magos la Iglesia ve el cumplimiento de la antigua profecía de Isaías: Levanta los ojos y mira alrededor: todos se reúnen y vienen a ti (…). Te inundará una multitud de camellos (…) procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro[3]. En efecto, se trata de la primera manifestación –Epifanía– de nuestro Salvador a personas ajenas al pueblo de Israel. Elocuente expresión de la universalidad, catolicidad, de la misión de Jesucristo.

           Había en algunos segmentos del pueblo elegido una patente expectación mesiánica, pero era un fenómeno marginal. Los fariseos y los sacerdotes en ese tiempo estaban enfrascados en interminables discusiones de escuela sobre el alcance de la ley mosaica; si podía o no, por ejemplo, comer un huevo que había sido puesto en sábado. Por su parte, el rey Herodes y su corte vivían inmersos en  intrigas políticas y desenfrenos de todo tipo. En fin, la mayor parte de la gente se ocupaba en las exigencias de la vida ordinaria. Pero nuestros protagonistas, no. Estos buenos hombres, procedentes de los gentiles, estos extranjeros, son capaces de un largo y costoso viaje hasta encontrarse con el Niño Jesús.

La estrella de Belén y la vocación

           2. San Josemaría solía ver en esta estrella una bella metáfora de la vocación divina, de la llamada de Dios a sus hijos en la Iglesia: La vocación es lo primero; Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a Él, y pone en nosotros el amor con el que podemos corresponderle[4].

           La expedición de los magos, evidentemente, no fue fácil. Podemos imaginar lo que serían aquellas rutas en la antigüedad. Con peligros de asaltantes y piratas, con malos caminos e inclemencias del tiempo (calor abrazador durante el día, frío que helaba por las noches), con frecuentes tormentas de arena y tantas otras cosas desagradables. Pero aquellos hombres siguen adelante con la mirada clavada en la estrella que brilla en el firmamento. Mientras este fulgor permanezca, para ellos no parece haber mayor problema. Pero lo desconcertante del relato es que, en un momento determinado, la estrella desaparece. Y, como es comprensible, tras la sorpresa inicial, sobrevendría una cierta confusión.

Cuando la estrella se oculta

           3. Como todos en la Iglesia, también nosotros, queridos hermanos, tenemos una vocación. Cada quien ha visto, de alguna manera, su propia estrella y la ha seguido. Si nos ocurriera, como a los magos, que de forma inesperada y dolorosa desapareciera, podríamos recordar también lo que enseñaba nuestro querido patrono: Si la vocación es lo primero, si la estrella luce de antemano, para orientarnos en nuestro camino de amor de Dios, no es lógico dudar cuando, en alguna ocasión se nos oculta[5].

           Vale la pena apuntar que, según el texto sagrado, no tenemos noticia de que los magos, se desanimaran o se plantearan volver atrás en su aventura. Lo que hicieron fue pedir consejo, acudir a quien razonablemente podía ayudarlos. Lo apuntamos antes. Al llegar a Jerusalén preguntan: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo[6].

           Es una buena lección para nosotros. Si en lucha interior o, para los casados, en  la convivencia matrimonial, se presentasen penumbras, zonas de turbulencia o perplejidad, no podemos extrañarnos. Es parte de la vida. Esas circunstancias de ninguna manera significan que haya desaparecido nuestra vocación. Lo que ocurre sencillamente es que ha surgido algún elemento nuevo, desconocido; o bien, que algo que hasta entonces venía funcionado adecuadamente, necesita un revisión y, en su caso, corrección.

           Es el momento de pensar en una persona con preparación, experiencia y generosidad que, desde afuera, con objetividad, analice nuestra situación y nos ofrezca una orientación. Como cuando surge un problema en la salud y acudimos a un buen médico, para que nos ofrezca un atinado diagnóstico y el correspondiente tratamiento. Si somos humildes y dóciles. Si nos dejamos ayudar, con la gracia de Dios, en un  breve lapso tiempo las sombras se disiparán y volverá la luz de siempre. Podremos, entonces, con esperanza renovada, retomar el camino.

Pedir consejo a quien puede darlo

           4. La clave está en encontrar, con prudencia, a esa persona que realmente nos pueda ayudar. En el ámbito de la relación conyugal, podría tratarse de un consejero matrimonial, los hay y muy buenos. Si el problema es espiritual, hablaríamos de un orientador o acompañante, lo que la tradición cristiana denomina el buen pastor. Un sacerdote docto y piadoso, o un laico con buena formación, que nos pueda sacar del hoyo. Escuchemos, una vez más, a san Josemaría: Permítanme un consejo: si alguna vez  pierden la claridad de la luz, recurran siempre al buen pastor (…). Vayan al sacerdote que los atiende, al que sabe exigir de ustedes fe recia, finura de alma, verdadera fortaleza cristiana. Será él la mejor ayuda para  levantar la vista y volver a ver en lo alto la estrella del Señor[7].

           Los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos (…) y se llenaron de una inmensa alegría[8]. Que no nos quepa duda.Los problemas de este mundo, con la gracia de Dios, siempre tienen solución. Tomemos ejemplo de los magos que, después de pedir consejo, siguieron su camino con ilusión, encontraron a Jesús (con María y José) le ofrecieron sus dones y conquistaron un lugar de oro en la historia de la salvación.

Francisco A. Cantú, Pbro.
Santa Fe, Ciudad de México, a 3 de enero de 2021.


[1] Homilía en la Epifanía del Señor, 2021.

[2] Evangelio, Mateo 2, 2.

[3] Primera lectura, Isaías 60, 4-6.

[4] SAN JOSEMARÍA, Es Cristo que pasa, n. 33.

[5] Ibid., n. 35.

[6] Mateo 2, 2.

[7] SAN JOSEMARÍA, Es Cristo que pasa, n. 34.

[8] Mateo 2, 9-10.