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Conversión[1]

Anhelo de verdad

1. Todos los hombres desean saber, afirma solemnemente Aristóteles en el comienzo de su Metafísica (su obra más importante); todos los hombres desean encontrar una verdad que les permita orientar su propia vida, una verdad que ilumine su camino en este mundo, que tantas veces se presenta claroscuro, incierto y un tanto retorcido.

            Si se analizan las más antiguas culturas de la humanidad, se podrá comprobar que en todas ellas brota de manera natural la gran cuestión del sentido de la vida. Es una pregunta que aparece, desde luego, en los escritos sagrados del pueblo de Israel, pero que también late en las tradiciones religiosas de la India, de China, de Persia… lo mismo que en los grandes textos literarios y filosóficos de las culturas griega y romana. El corazón y la mente del hombre anhelan de modo insaciable una respuesta a las grandes interrogantes: ¿quién es el hombre, de dónde viene, a dónde va…?; ¿por qué existe el mal, la enfermedad, el dolor y la muerte?; ¿qué hay más allá de nuestra frágil existencia terrena: la nada, el simple no ser?; o, por el contrario, ¿una vida distinta, un encuentro con la luz, con el amor, con la felicidad plena?

            Necesitamos respuestas, pero no de cualquier tipo. No se trata de encontrar cualquier sentido a la vida, sino el sentido[2]. Nuestro corazón inquieto, como el de Agustín, busca una verdad que sea capaz de saciar hasta lo más hondo nuestra sed de plenitud. Y que, además, resista la prueba más dura que se pueda afrontar en este mundo: el paso del tiempo.

            Comprenderán, queridos hermanos, que una respuesta así, tras innumerables intentos, finalmente solo puede venir de Dios. Es más, me atrevería a afirmar, del Dios-Amor que se ha revelado en Jesucristo. Con Él, como enseñaba en una ocasión Benedicto XVI, el ser humano puede encontrar el sentido de su existencia y vivir en la esperanza a pesar de la experiencia de los males que continuamente hieren su existencia personal y social[3]. Y, consiguiendo ese feliz encuentro podrá repetir con emoción, también con san Agustín, puesto que nos hiciste para ti, nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti[4].

“Se ha cumplido el tiempo…”

            2. Con estas breves y algo inconexas premisas, nos disponemos a escuchar hoy en el evangelio las primeras palabras de Jesús recogidas por san Marcos: Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio[5].

Pienso que estas palabras podrían ofrecernos la respuesta que antes buscábamos. Jesucristo nos ofrece su verdad salvadora, pero necesita que nos dispongamos adecuadamente a recibirlas, es decir, que nos convirtamos, que nos apartemos del egoísmo y del pecado, para que su luz pueda iluminar nuestras vidas.

            Solo si reconocemos nuestra condición de pecadores podremos entrar en contacto con su misericordia; solo si nos decidimos a perder la vida, podremos ganarla; si nos despojemos de nuestro viejo yo, nos revestiremos del nuevo yo; si superamos lo que es carnal, prevalecerá lo que es espiritual; si nos elevamos de las cosas de abajo conquistaremos las de arriba[6]. En definitiva solo si actuamos como aquellos nobles ninivitas de tiempos de Jonás que se convirtieron con su predicación[7], nos dispondremos a recibir con toda su fuerza liberadora la verdad del Evangelio de Jesucristo.

Conversión: accesible, pero difícil

            3. Pero, todo hay que decirlo, la conversión, si bien accesible, no es nada fácil. Choca frontalmente con un enraizado amor propio que se resiste a reconocer las propias limitaciones y debilidades. Y así, tantos hoy día actúan, con sus pecados, como esos niños que no se quieren bañar o cortar las uñas.

            Además, el ambiente que nos rodea, no ayuda nada. Una conversión de este tipo resulta abiertamente contracultural. En muchos segmentos de la sociedad se ha perdido el sentido de Dios y de su amorosa presencia entre nosotros. Y, en consecuencia, el sentido del pecado. Cada día es más evidente lo que hace algunas décadas anunció el papa Pío XII: el gran pecado de nuestro tiempo es la pérdida del sentido del pecado[8].

            Por otra parte, la condición humana es un tanto pendular. Y, con relativa frecuencia, pasa de un extremo al otro. Lo destacaba en un importante documento san Juan Pablo II: Algunos tienden a sustituir actitudes exageradas del pasado con otras exageraciones del presente, pasan de ver pecado en todo, a no verlo en ninguna parte; de acentuar demasiado el temor de las penas eternas, a predicar un amor de Dios que excluiría toda pena merecida por el pecado; de la severidad en el esfuerzo por corregir los errores de la conciencia, a un supuesto respeto de la conciencia, que suprime el deber de decir la verdad[9].

Humildad y valentía

            4. La solución a todo esto, me parece, está en la búsqueda de la verdad, empezando por la verdad sobre nosotros mismos. Un conocimiento arduo que requiere humildad y valentía. Ya que, con más frecuencia de lo que quisiéramos, se dan en nuestra vida ofensas a Dios, verdaderos pecados. Conductas que nos lastiman a nosotros mismos y a aquellos con los que convivimos: mentiras más o menos deliberadas, críticas injustas de vecinos o compañeros de trabajo, amargos rencores absurdamente retenidos, concesiones a la sensualidad que debiéramos de apartar con firmeza… Jesucristo nos interpela hoy a cada uno: conviértete y cree en el Evangelio. Corta con eso que te aparta de mi Reino. Un Reino, viene bien recordarlo, de justicia, de amor y de paz, pero sobre todo de verdad[10].

Una contribución concreta a la unidad de los cristianos

            5. Un último punto. Desde hace unos días, estamos viviendo en la Iglesia el Octavario por la unidad de los cristianos. Ocho jornadas dedicadas a implorar del Señor la gracia de que todos los que creemos en Cristo y hemos sido bautizados en Él, vivamos formando un solo rebaño bajo un solo Pastor (Cristo). En la Última Cena el Señor imploró a su Padre Celestial: que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado[11].

            Es doloroso comprobar que a lo largo de la historia se han dado no pocas rupturas, auténticos desgarrones, en la túnica de Cristo que es la Iglesia. Tenemos que pedir que no se repitan. Es más, que se cierren con su ayuda las que ya se han dado y se consiga la anhelada unidad. Pero no perdamos de vista que la mejor contribución a esta causa es nuestro empeño por unirnos a Jesús, por ser santos, desterrando el pecado, raíz venenosa de toda división.

            6. Santo Tomás de Aquino solía ser muy exacto en su expresión, tanto de palabra como por escrito. No empleaba más que las palabras necesarias. Se cuenta que un día su hermana menor le preguntó qué se necesitaba para ser santo. Y respondió: querer.

            Pidámosle a la Virgen María, Reina de la paz como se le recuerda hoy, que nos ayude a querer ser santos, a revestirnos de Cristo[12] según pedía el apóstol Pablo, sin olvidar las palabras de san Josemaría:  en el Sacramento de la Penitencia (en la confesión) es donde tú y yo nos revestimos de Jesucristo y de sus merecimientos[13].

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 24 de enero de 2021.


[1] Homilía en el III domingo del tiempo ordinario, ciclo B.

[2] Cfr. J. Alonso, La conversión cristiana. Estudios y perspectivas, p. 219

[3]  Benedicto XVI, Discurso en la Universidad Gregoriana, 3-XI-2006.

[4] San Agustín, Confesiones 1, 1.

[5] Evangelio Marcos 1, 15.

[6] Cfr. san Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 2-XII-1984, n. 4.

[7] Cfr. Primera lectura, Jonás 3, 1-5. 15.

[8] PIO XII, Radiomensaje, 26-X-1946.

[9] San Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 2-XII-1984, n. 18.

[10] Cfr. Misal Romano, Prefacio de la solemnidad de Cristo Rey del Universo.

[11] Juan 17, 21.

[12] Romanos 13, 14.

[13] San Josemaría, Camino, n. 310.