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El poder del amor[1]

Una singular autoridad

1. La primera parte del ministerio de Jesucristo se realiza en la ribera del mar de Galilea, teniendo como centro de operaciones la pequeña ciudad de Cafarnaún, donde vivían Pedro y Andrés y, probablemente, Santiago y Juan. Sabemos que con frecuencia predicaba en la sinagoga de este comunidad y que allí tuvieron lugar acontecimientos importantes. Entre otros, el célebre discurso sobre el Pan de Vida que recoge san Juan en su capítulo sexto.

            En el evangelio de este domingo, tomado de san Marcos, encontramos a Cristo precisamente en esa sinagoga y, como era habitual, comentando algún pasaje de la Escritura. Pero en esta ocasión con un resultado que quisiera destacar de modo especial: Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas[2].

            En este texto no se nos aclara cómo es que enseñaban los escribas, pero lo podemos deducir fácilmente de muchos otros pasajes evangélicos. Por una parte, con frecuencia enseñaban lo que no vivían, lo que no resulta muy convincente que digamos; y, por otra, lo hacían con una rigidez y formalismo que literalmente sofocaba la verdad y belleza de la palabra de Dios. Se limitaban, por regla general, a repetir un tanto mecánicamente las minuciosas y asfixiantes interpretaciones de las diversas escuelas rabínicas.

            Con Jesús las cosas son distintas. Cuando él citaba un texto de la Escritura le devolvía su frescura original; luego, lo interpretaba con una seguridad y audacia que causaban asombro. Era algo nunca visto en Israel. Decía habitualmente:  Han oído ustedes que se dijo… pero yo les digo… Y, como es obvio, con su explicación no contradecía o anulaba el contenido de los textos, sino que los perfeccionaba, los iluminaba, les daba su sentido más pleno.

            Jesús tenía una singular autoridad. Entre nosotros los hombres, la autoridad muchas veces significa dominio de unos sobre otros y, por tanto, arrogancia, prepotencia, vanidad… En Cristo ocurre todo lo contrario. Su autoridad es siempre humilde, servicial, amorosa… Su lógica desarma incluso a sus más cercanos discípulos. Recordemos la escena del lavatorio de los pies a los apóstoles en la Última Cena: ¿Señor –exclama Pedro con estupor cuando ve inclinado frente a sí a su amado Maestro– me vas a lavar a mí los pies?[3].

            Y es que Cristo no necesita elementos externos, aparatosos o ruidosos, para hacer valer su autoridad divina. El poder de que está investido procede de una fuente interior y profunda: su condición de Hijo unigénito del Padre, Creador y Señor del universo entero. Pero, a la vez, envuelto en la fragilidad de su condición humana, rebajándose –enseña Benedicto XVI– a nuestra humanidad, para sanar al mundo corrompido por el pecado[4]. Jesús procede de esa manera –que nos quede bien claro– sencillamente porque nos ama, más aún, porque es el Amor hecho persona. El suyo es, en definitiva, el poder del amor.

Signos sorprendentes

            2. Las palabras de Cristo, avaladas por su misma personalidad, nos muestran, pues, una imponente autoridad. Pero además resulta que su magisterio, su predicación, añade a la fuerza de sus palabras, la eficacia de los signos: Curaciones diversas (ciegos que ven, paralíticos que andan, leprosos que quedan limpios…); expresiones de dominio sobre la naturaleza (las multiplicaciones los panes y los peces o el calmar las tempestades); y, como acabamos de escuchar, el signo impresionante de su absoluta superioridad sobre los demonios.

            La escena de hoy es sobrecogedora. El Maestro imparte su enseñanza serena y suavemente. De pronto, desde el fondo de aquel pequeño edificio, se oye una airada protesta: ¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Y, a continuación, la autoridad del Señor en todo su esplendor: ¡Cállate y sal de él! Luego viene un terrible alarido, más animal que humano, que pone los pelos de punta a todos los presentes, mientras el poseso se revuelca en el suelo con violencia. Finalmente el demonio sale y vuelve la paz a aquel recinto.

Dos errores contrapuestos

            3. Hay personas, incluso en la Iglesia Católica, que alegremente contra la evidencia de los textos bíblicos y de toda la Tradición Apostólica, sostienen que el demonio no es más que una mera personificación literaria del mal y del pecado. Para ellos, el diablo no es ni podrá ser nunca un ente real y concreto. En el otro extremo, no faltan los que, si se me permite la expresión, creen demasiado en el demonio, y viven aterrados ante él como si fuera una especie de Dios del mal, un segundo Dios, todopoderoso. Y, como apunta irónicamente el P. Martín Descalzo, parecen más obsesionados en huir del demonio que en unirse a Cristo[5].

            Sobre la existencia y actividad del demonio podría evocar una pequeña anécdota. Un día, hace años, conversaban sobre la situación de la Iglesia y del mundo san Juan Pablo II y el beato Álvaro del Portillo (el primer sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei). En un momento determinado, el Papa, muy serio, preguntó a don Álvaro: ¿usted ha visto al demonio? Y este le respondió con sencillez: Santo Padre, verlo no. No lo he visto nunca, pero lo toco todos los días. Y Juan Pablo comentó: lo mismo me pasa a mí.

            En efecto, la acción del enemigo de nuestras almas para quien tiene fe es evidente. Enseña la Iglesia: Toda la vida humana, individual y colectiva, se presenta como lucha –lucha dramática– entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Es más: el hombre se siente incapaz de someter con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas[6]. Los últimos romanos pontífices no han dejado de alertarnos al respecto. Es un agente oscuro y enemigo, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor, enseñaba san Paulo VI[7]. Un ser realmente horripilante pero, la vez, no hay que olvidarlo, una simple creatura. El Papa Francisco, por su parte, subrayaba no hace mucho que la presencia del demonio está en la primera y en la última página de la Biblia. Por tanto –insistía– no seamos ingenuos. (…) Pidamos al Señor la gracia de tomar en serio estas cosas (…). Él ha luchado y vencido al demonio[8]

            4. Por tanto, siguiendo estas recomendaciones mantengámonos unidos a Cristo y a su divina autoridad por la oración y los sacramentos. Así, su infinito amor por nosotros no permitirá que seamos vencidos por el Maligno. Y no olvidemos que, como Él mismo nos indicó[9], tenemos por madre a la Virgen María.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 31 de enero de 2021.


[1] Homilía en el IV domingo del tiempo ordinario, ciclo B.

[2]  Evangelio, Marcos 1, 21-28.

[3]  Juan 13, 6.

[4] Benedicto XVI, Angelus, 29-I-2012.

[5]  J.L. Martín Descalzo, Jesús de Nazaret, p. 313.

[6]  Gaudium et spes, n. 13.

[7] Citado por J.L. Martín Descalzo, Jesús de Nazaret, p. 314.

[8]  Papa Francisco, Homilía 11-X-2013.

[9]  Juan 19, 27.