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El primer encuentro con Jesús[1]

“Como a las cuatro de la tarde”

1. Si mirando hacia atrás, al camino que hemos recorrido en la vida, repasamos pausadamente nuestros momentos más felices, esos momentos que se han anclado en la memoria y que con gozo evocamos de vez en cuando; lo más probable es que encontremos en ellos a las personas amadas. ¿Qué hace realmente inolvidables esos instantes? Muchas veces, la cercanía, el calor, la grata conversación con las personas que más hemos amado en la vida. Los novios recordarán con ilusión el momento en que se conocieron; los estudiantes, por su parte, los primeros pasos en la Universidad, las aventuras con sus compañeros, sus mejores profesores; los empresarios gozarán evocando los comienzos de sus negocios y las personas que, en los momentos más difíciles, les ayudaron con su apoyo y sus consejos, haciendo posible que no fracasaran sus negocios. En todos los casos encontramos amigos, buenos amigos con los que hemos compartido experiencias intensas, ya sean gratas o dolorosas.

           Cada uno de nosotros tiene su propia historia. El apóstol y evangelista, san Juan, tiene la suya y la narra en las primeras páginas de su evangelio. Es un relato luminoso y encantador en el que nos describe el instante preciso en que se encontró con Jesucristo. Estaba con Andrés, un buen amigo y compañero, con el que compartía las enseñanzas que ambos recibían del Bautista junto al río Jordán. Una tarde descubren a lo lejos la amable figura de Jesús que va pasando de largo. El precursor les dice con cierta solemnidad y misterio: Este es el Cordero de Dios. Y los dos muchachos se acercan a Jesús y le dicen: ¿Dónde vives Rabí? Y él les dijo: Vengan a ver. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día[2].

           No ha faltado quien destaque el matiz de esta singular pregunta. No fue, ¿cómo te llamas? o, ¿a qué te dedicas? o, ¿qué opinas de esto o de lo otro? Preguntar, ¿dónde vives? era tanto como decir: queremos estar contigo, queremos que nos recibas en tu casa y conversar largo y tendido de muchos temas que nos inquietan.

           Jesús responde: vengan a ver. Y los recibe aquel día. A ellos, y también a nosotros, que discretamente podemos unirnos con la imaginación al grupo y observar atentamente todos los detalles. El suyo, sería un hogar sencillo y digno, limpio y acogedor. El Señor prepararía pronto un buen fuego y dispondría también de una cena modesta pero, casi con toda seguridad, acompañada de buen vino. Luego, en la sobremesa, la conversación fluiría serena y suavemente durante largas horas. Hablan de las Escrituras y de la expectación mesiánica. Algo muy semejante a lo que luego ocurrirá camino de Emaús con Cleofás y su compañero.

           Aquel día marcó las vidas de Juan y Andrés para siempre. Con claridad se podrá distinguir en ellas un antes y un después. Significativamente, el evangelista registra hasta la hora: Eran como las cuatro de la tarde. Si nos preguntáramos hoy, ¿qué ocurrió exactamente? La respuesta breve sería: un encuentro. Un encuentro deslumbrante y conmovedor con la infinita riqueza de la personalidad de Jesucristo. Un encuentro del que luego surgió una perdurable amistad.

           Pienso que al salir de aquella casa estos discípulos experimentarían una inexplicable paz, una alegría incontenible. Tendrían ganas de cantar y de reír, de dar grandes saltos y, sobre todo, de comunicar lo antes posible a sus respectivos hermanos y amigos el contenido del encuentro. Como efectivamente ocurre enseguida cuando Andrés se cruza con Simón Pedro: Hemos encontrado al Mesías, le dice apenas lo ve.

“Que te conozcan a ti”

           2. Vendrán luego años intensos. Años en los que Juan y Andrés, con Pedro, Santiago y los demás, serán los testigos privilegiados del paso del Hijo de Dios por la tierra. Acompañarán al Señor en sus recorridos por Judea y Galilea, escucharán sus enseñanzas, serán testigos de sus milagros y, desde luego, notarán que la amistad con Él se va enriqueciendo y consolidando cada vez más. Hasta que, en la memorable velada de la Última Cena, escucharán de sus labios: Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes, los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre[3].

           En efecto, se fue dando día a día una íntima comunicación, un diálogo de tú a tú, de corazón a corazón, entre cada discípulo y Jesús, que va produciendo gradualmente una misteriosa y fuerte identificación. Van  aprendiendo a ver las cosas como Él las ve. A alegrarse con lo que Él se alegra, a entristecerse con lo que Él se entristece. Se dará, en definitiva, lo que san Agustín, recogiendo la tradición clásica, definía como esencia de la amistad: el ídem velle, ídem nolle, amar y rechazar lo mismo.

Encontrar a Jesús cada domingo

           3. La gran propuesta de Jesús a sus discípulos será siempre que conozcan al Padre, que descubran su tierno amor por los hombres. También en la Última Cena, en lo que se llama su oración sacerdotal, el Señor dirigiéndose a su Padre Celestial dice: La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado[4]. Juan, que lo asimiló bien, lo compartirá más tarde con los primeros cristianos: Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para que ustedes están unidos con nosotros, y juntos estemos unidos con el Padre y su Hijo, Jesucristo. Les escribimos esto para que se alegren y su alegría sea completa[5].

           A través de Juan y de su elocuente testimonio, también nosotros podemos alcanzar la intimidad con Jesucristo y el conocimiento de la misericordia del Padre. Y con ello, la alegría y la plenitud. Una forma que nos podría ayudar a conseguirlo sería hacer de nuestra Eucaristía dominical un encuentro similar al que hemos descrito.

            Un encuentro entre amigos –explica Mons. Barron– lleva consigo típicamente dos cosas básicas: conversar y comer. En una fiesta, recepción o convite saludamos a los invitados y pasamos un buen rato hablando juntos antes de pasar a compartir la comida.

La misa es un encuentro con Jesucristo, un acto formalmente ritualizado para “estar con él”. En la Liturgia de la Palabra, le escuchamos (en las Escrituras) y le contestamos (en las respuestas y oraciones); después, en la Liturgia de la Eucaristía recibimos el alimento que Él nos ha preparado[6].

           Podría ser este un buen propósito para el año nuevo. Ya que tuvimos el atrevimiento de asomarnos a aquel formidable encuentro de Juan y Andrés con el Maestro, acometamos con ilusión la meta de vivir mejor la Santa Misa.

           Y no olvidemos también en este anhelo nos acompaña la Virgen María.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 17 de enero de 2021.


[1] Homilía en el II domingo del tiempo ordinario, ciclo B.

[2] Evangelio, Juan, 1, 38-39.

[3] Juan 15, 15.

[4] Ibid. 17, 3.

[5] 1 Juan 1, 4.

[6] R. BARRON, Catolicismo. Un viaje al corazón de la fe, p. 199.