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Esperanza inquebrantable[1]

Vencido, vence

1. El relato de la Pasión del Señor es de una riqueza espiritual y teológica inagotable. Cada año, cuando la liturgia nos lo propone el Domingo de Ramos o el Viernes Santo, al contemplarlo con fe, nos conmovemos hasta lo más hondo. Quisiera esta noche santa de la Vigilia Pascual recordar un detalle. Nos lo propone el evangelio de san Juan cuando indica que Cristo es mostrado por el procurador romano a la chusma del pueblo judío con una solemne expresión: Aquí está el hombre (Ecce homo)[2]. En efecto, Cristo, nuestro amadísimo redentor, flagelado y abofeteado, coronado de espinas, revestido con un trapo de púrpura viejo y sucio, y con una caña, por cetro, en su mano derecha[3], sigue siendo el Hombre Nuevo, el Nuevo Adán, el Hombre por excelencia. Su Humanidad Santísima ciertamente en esas circunstancias queda escondida por la barbarie de sus hermanos los hombres, pero sigue siendo Dios y Hombre, sigue siendo nuestro Salvador.

            Aunque nos duele imaginar el cúmulo de sufrimientos de Cristo y la pavorosa soledad que entonces experimentó, la piedad cristiana ha sabido descubrir, paradójicamente, en ese momento crucial, su triunfo sobre el mal. Al Aquí está el hombre de Poncio Pilato, ofrece como contrapunto una atinada y profunda expresión: Devictus vincit.  Recordando una verdad que precisamente esta noche nos llena a todos de paz y de alegría: Cristo, nuestro Salvador, ese hombre que se muestra destrozado al pueblo, vencido, vence; es el Vencedor, vencido.

            Tras ser condenado a muerte y colocado en lo alto de la Cruz parecía un derrotado. Humanamente se diría que habían triunfado sobre Él sus enemigos. Pero no fue así. Al tercer día, volvió a la vida, RE-SU-CITÓ. Y resucitó glorioso para nunca más morir. Para colocarse junto a su Padre Celestial, como Rey Supremo del Universo, por toda la eternidad. Hoy, como hace dos mil años, revivimos con emoción la escena evangélica. Un joven con una túnica blanca un ángel dice a las santas mujeres: No se espanten. Buscan a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado. No está aquí; ha resucitado[4]. A propósito de este acontecimiento, comentaba en una ocasión san Josemaría: ¿Dónde están los soldados que había puesto la autoridad? ¿Dónde están los sellos, que habían colocado sobre la piedra del sepulcro? ¿Dónde están los que condenaron al Maestro? ¿Dónde están los que crucificaron a Jesús?… Ante su victoria, se produce la gran huida de los pobres miserables. Llénate de esperanza: Jesucristo vence siempre[5].

El amanecer tras una larga y oscura noche

            2. Esa es la propuesta, queridos hermanos, de esta nuestra homilía de hoy: llenarnos de esperanza. Es probable que en estos últimos meses, ustedes como yo, con motivo de la pandemia, habremos experimentado momentos de dura soledad. De un miedo que parecía clavarse en el alma como un puñal penetrante, llenándonos de incertidumbre.

Nuestro tradicional modo de convivir en familia, de estudiar y de trabajar se vio completamente trastornado, como si una inmensa ola nos hubiese envuelto y arrastrado.

            Ahora, pasado más de un año, vamos gradualmente ubicándonos y aprendiendo a manejar las diversas novedades y dificultades que todo esto nos ha traído. Es, por tanto, un buen momento para mirar con los ojos de la fe a Jesús vencedor, resucitado y feliz. Un momento para con Tomás apóstol tocarlo con nuestras propias manos, y afirmar que por Cristo, con Él y en Él, también nosotros triunfaremos, iremos adelante superando este mal momento.

            En las últimas semanas he estado leyendo con interés las Memorias del cardenal primado de Hungría Józef Mindszenty. Un buen pastor de la Iglesia al que le tocó ejercer su episcopado a mediados del siglo pasado, en plena época staliniana. Cuando la poderosa Unión Soviética ejercía un control completo y brutal sobre muchos países del este de Europa. Por defender la dignidad de su pueblo y la libertad religiosa, aquel hombre fue encarcelado y torturado durante ocho larguísimos años. Sin embargo, cuenta que nunca se sintió en el infierno, sino en una especie de purgatorio, con la permanente esperanza de recuperar algún día su libertad. Cuando al fin esta llegó, refiere que le vinieron a la memoria las consideraciones de un escritor inglés (Carlyle): ¡Oh bendita esperanza, única salvación del hombre mortal! (…) ¡Proyectas  rayos de bendición en la propia noche de la muerte! (…) ¡Eres el estandarte de Constantino bajo el que obtendremos finalmente la victoria! (Recordarán ustedes, que el estandarte de Constantino es la santa Cruz de Cristo, Señor nuestro). Añade luego con sus palabras: ¿Quién podría describir la bendita paz del primer día de libertad? (…) Esta conciencia (de ser libre) después de muchos años en prisión, me produjo una indescriptible dulzura[6].

Un Corazón infinitamente misericordioso

            3. Insisto, llenémonos de esperanza. Los problemas externos, por grandes que parezcan, pasarán. Pero quisiera añadir que tal vez el desaliento o la desesperanza no sean producto de algo externo como la enfermedad, inseguridad, precariedad económica o cosa semejante, sino más bien interno. Consecuencia de nuestras debilidades personales que, por eso mismo, nos hacen más difícil tomar la mano que Cristo nos tiende. Pues también para ese caso nos sirve el evangelio que acabamos de escuchar. Tengamos presente que el apóstol Pedro tuvo un momento muy oscuro en su vida, cuando por tres veces y con juramento, negó conocer a su Señor. Derramó luego, como bien sabemos, amargas lágrimas, se arrepintió y recibió el perdón de Jesús. Quisiera mencionar aquí que Marcos fungió como secretario o asistente de san Pedro en Roma y su evangelio que hoy se nos propone es fruto de los apuntes que tomó de su predicación en la capital del Imperio.

            Por eso, resulta fácil meternos en la escena e imaginar los ojos del pescador de Galilea arrasados en lágrimas y asegurándose una y otra vez sobre el contenido del mensaje del ángel a las santas mujeres: vayan a decirles a sus discípulos y a Pedro: Él irá delante de ustedes a Galilea. Allá lo verán[7]:

            ¿Están seguras que dijo eso?, preguntaría incrédulo.

            ¿A Pedro?

            ¡Sí, sí!, responderían ellas.

            Nos dijo: díganle a los demás y a Pedro…

            Jesús perdonó a su querido Cefas, como antes había perdonado a la Samaritana y a tantos más. Como hubiera perdonado a Judas si este se hubiera arrepentido; y como, sin duda, nos perdonará a nosotros si acudimos a confiados a su Corazón misericordioso.

            Que María, Madre de misericordia y Esperanza nuestra nos ayude a no apartarnos nunca de Cristo. O, a volver a Él, si tuviéramos la pena de ofenderlo.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 3 de abril de 2021.


[1] Homilía en la Vigilia Pascual, ciclo B.

[2] Juan 19, 5.

[3] San Josemaría, Santo Rosario, Tercer misterio doloroso.

[4] Evangelio, Marcos 16, 1-7.

[5] San Josemaría, Forja, n. 660.

[6] Jozef Cardenal Mindszenty, Memorias, pp. 448-449.

[7] Evangelio, Marcos 16, 1-7.