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Evangelizar dialogando[1]

Un fuego devorador

1. Le dijeron (Pedro y sus compañeros): “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”[2].

Efectivamente, esa es la gran tarea de Jesucristo: predicar el Evangelio. Una tarea a la que dedica todas sus energías. Una empresa que le consume las entrañas como un fuego devorador. Más adelante dirá con una bella metáfora: He venido ha traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo![3]

            Así es como lo vemos recorrer los senderos de Palestina. De pueblo en pueblo, con todo tipo de personas, establece un maravilloso diálogo de salvación[4]. Tal vez con una predilección particular por la gente sencilla y pobre, pero sin excluir a nadie de su atención y cariño. Anuncia, ante todo, la llegada del Reino de Dios y las condiciones para conquistarlo. Como se resume en lo que podría denominarse su carta magna: el Sermón de la Montaña[5]. El suyo es un mensaje de salvación y de liberación,  principalmente de los grandes enemigos que acosan sin cesar al hombre sobre la tierra: el Maligno y el pecado.

            Cristo nos muestra con su vida y con su palabra la belleza del amor de Dios Padre por sus hijos. Y, luego, cuando se estancia entre nosotros llega a su fin, confía a su Iglesia esta gran misión: Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio[6].  

Testimonio y alegría

            2. Es muy edificante comprobar que esta tarea fue realizada apasionadamente por los primeros cristianos desde el principio, desde el mismo día de Pentecostés. Nadie, en mi opinión, con más ardor y eficacia que san Pablo, verdadero paradigma de lo que debe de ser un apóstol de Jesucristo. Predicar el Evangelio es mi obligación –acabamos de escuchar en la segunda lectura–: ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio![7] Y, en efecto, lo anunció de modo incansable por el mundo antiguo hasta que le arrebataron violentamente la vida decapitándolo en las afueras de Roma.

            Habría que mencionar que el punto de partida de esta labor no puede ser otro que el propio testimonio de vida. La gente, hoy como ayer, no cree en las solas palabras. Necesita que el mensaje vaya avalado por una auténtica vida cristiana. Muy especialmente por la alegría, nota distintiva de todos los que siguen a Jesús. No podemos, ha insistido el Papa Francisco, difundir el Evangelio con cara de funeral. Y, apoyándose en san Paulo VI, nos anima: Recobremos y acrecentemos el fervor, “la dulce y confortadora alegría del evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas (…). Y ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quien han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo”[8].

San Justino: filósofo cristiano

            3. Imitando al Señor que conversó con todo tipo de personas (Nicodemo, la samaritana, Zaqueo, Simón el fariseo, etc.), hemos de ir al encuentro de nuestros amigos y parientes, persona a persona, con un diálogo franco y afectuoso. Empezando, tal vez, con aquellos que se ubican lejos de la Iglesia (resentidos, enfadados, decepcionados, indiferentes…) para hablarles de los tesoros de sabiduría que hay en el mensaje de Jesucristo. Nuestra mercancía, si se me permite hablar así, es de primera calidad. Sepamos venderla.

            Me viene a la memoria el impresionante testimonio de san Justino en el remoto siglo II de nuestra era cristiana. Él mismo cuenta su historia en un interesante diálogo con Trifón, un culto rabino de su tiempo. Desde joven sintió una poderosa atracción hacia la verdad y hacia la sabiduría. Y las buscó afanosamente con los mejores maestros que pudo encontrar en su camino. Primero se puso en manos de un estoico. Pasó con él una larga temporada, pero luego descubrió que estaba perdiendo su valioso tiempo, ya que no adelantaba nada en el conocimiento de Dios. Encontró después a un peripatético (discípulo de Aristóteles). Un hombre de entendimiento agudo y buena preparación, pero que le cobraba mucho por sus lecciones y como él no estaba en condiciones de pagar, tuvo que dejarlo. Su corazón, sin embargo, seguía anhelado la verdad, por lo que dirigió sus pasos hacia otro maestro, en esta ocasión, pitagórico. Un hombre de amplio reconocimiento y sabiduría, pero que le exigió, como requisito para aceptarlo como discípulo, conocimientos de música, astronomía y geometría, y como Justino no los tenía, simplemente lo despidió. Por fin, en su afanosa búsqueda, encuentra a un discípulo de Platón que a través de largas conversaciones lo introduce en la filosofía del gran fundador de la Academia.

            Con estas ideas en su mente, toma la decisión de retirarse a un lugar apartado y tranquilo, cercano al mar, en donde continúa por su cuenta sus reflexiones filosóficas. Y es allí donde se encuentra con un sabio anciano cristiano que, con un paciente diálogo lo va llevando paso a paso al encuentro con la verdad de los grandes profetas del Antiguo Testamento y, finalmente, del mismo Cristo.

            Al terminar aquella conversación, según cuenta el propio Justino, inmediatamente sentí que se encendía un fuego en mi alma y se apoderaba de mí el amor a los profetas y a aquellos hombres que son amigos de Cristo; y dialogando conmigo mismo sobre las palabras del anciano, hallé que solo esta es la sabiduría segura y provechosa (…) y quisiera que todos los hombres, poniendo el mismo fervor que yo, siguieran las palabras del Salvador. Pues hay en ellas un no sé qué de asombro que son capaces de conmover a los que se apartan del recto camino, a la par que, para quienes las meditan, se convierten en dulcísimo descanso[9].

            Justino, una vez convertido, se traslada a Roma e instala en la capital del imperio una escuela de filosofía cristiana (la primera en la historia) y, luego, con una audacia tremenda, defiende la fe católica ante el senado romano y ante el mismísimo emperador (Antonino Pío). Finalmente muere mártir en el año 165. Y todo esto gracias a un anciano anónimo que con un sereno y razonado diálogo lo fue llevando a la verdad de Cristo.

            4. Hagamos nuestra, para terminar, la hermosa oración de san Josemaría: ¡Oh Jesús (…) embriáganos de Amor!: haznos así hogueras vivas, que enciendan la tierra con el divino fuego que Tú trajiste[10].

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 7 de febrero de 2021.


[1] Homilía en el V domingo del tiempo ordinario, ciclo B.

[2] Evangelio, Marcos 1, 29-39.

[3] Lucas 12, 49.

[4] Cfr. San Paulo VI, Ecclesiam suam.

[5] Cfr. Mateo 5-7.

[6] Marcos 16, 15.

[7] Segunda lectura, 1 Corintios 9, 17.

[8]  Francisco, Evangelii gaudium., n. 10, san Paulo VI, Evangelii  nuntiandi, n. 80.

[9] San Justino, Diálogo con Trifón, 8, 1-2.

[10] San Josemaría, Forja, n. 31.