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Hijos de Dios: alegría y caridad[1]

Una “singular batalla”

1. Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la vida, triunfante se levanta[2]. A lo largo de estos días de la Semana Santa, de la mano de la liturgia de la Iglesia, hemos intentado acompañar al Señor por el duro sendero que quiso emprender para salvarnos, el camino de la Cruz. Fue el suyo, sin duda, un auténtico combate, una singular batalla a brazo partido entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre la luz y las tinieblas.  Y anoche, en la Vigilia Pascual, celebramos con un gozo desbordante su victoria final.

            En el bellísimo texto del Pregón, pudimos escuchar que su autor, poéticamente, nos presenta a nuestro Salvador como el lucero de la mañana, un lucero que no conoce ocaso, que no se apaga nunca, porque Jesucristo, el Hijo de Dios, volviendo del abismo, brilla sereno para el linaje humano y vive y reina por los siglos de los siglos[3].

            En efecto, Cristo ha vencido a la muerte, al pecado, al Maligno… Y con su victoria nos ha redimido, nos ha devuelto la libertad y la dignidad de los hijos de Dios. Desde que Adán y Eva desobedecieron a Dios, aquel día tristísimo en el Paraíso, todos sus descendientes nos encontrábamos cautivos, esclavizados por el mal. Con su obediencia hasta la muerte y muerte de Cruz, Cristo nos salvó.

            Vamos, pues, durante este tiempo pascual que se extenderá por las próximas siete semanas, a imitar a los discípulos y a las santas mujeres que, tras encontrarse con el Señor resucitado, buscaron la manera de transmitir su experiencia. Y, para hacerlo bien propongo dos puntos.

Compartir el bien

            2. En primer lugar que lo hagamos con alegría. Esta debe ser una nota permanente del comportamiento cristiano, pero con mayor motivo en este tiempo pascual. Al felicitar a nuestros parientes y amigos en estos días, que sepamos hacerlo alegremente, con la convicción de que al compartir un bien espiritual les hacemos un bien a ellos y nos lo hacemos a nosotros mismos. El bien compartido se multiplica. Como bien decía el papa Francisco hace unos años: los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás (…). Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral[4].

“Nadie me había dicho que soy hijo de Dios”

            3. Alegría, por tanto, en todo momento. Y, con la alegría, la caridad.  Hemos de ir al encuentro con nuestros hermanos como el propio Cristo quiere que lo hagamos: viviendo el mandamiento del amor. Si con su triunfo, Cristo nos ha devuelto nuestra condición de hijos de Dios, la más alta dignidad que se puede imaginar para una persona, es lógico que nos esforcemos en descubrir esa misma dignidad en las personas con las que convivimos diariamente. Y, si fuera el caso, tendríamos que ayudarles a descubrir o recuperar esa dignidad.

            Hace años, en una buena película (Dead man walking) basada en hecho reales, se recogía el comentario, con lágrimas en los ojos, de un reo condenado a muerte que había sido acompañado espiritualmente por una religiosa en un centro penitenciario de los Estados Unidos: A lo largo de mi vida afirmaba, me habían dicho que era hijo de muchas cosas, pero nadie me había dicho que era hijo de Dios. El papel de esa monja, magistralmente desempeñado por Susan Sarandon, le valió el Óscar a la mejor actriz (1995).

            En las próximas semanas, el Cirio Pascual va a arder en todas las misas. Que al mirarlo en el presbiterio, recordemos que representa a Cristo vivo y radiante en medio de nosotros. Y que apoyados en su gracia procuremos ser también nosotros luz para quienes están sumergidos en las tinieblas del pecado. Nos dice san Juan: Quien afirma que está en la luz y odia a su hermano, está todavía en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza[5].

            Y san Josemaría, en un punto de meditación de su Vía Crucis apunta: Piensa primero en los demás. Así pasarás por la tierra, con errores sí –que son inevitables–, pero dejando un rastro de bien.

            Y cuando llegue la hora de la muerte, que vendrá inexorable, la acogerás con gozo, como Cristo, porque como Él también resucitaremos para recibir el premio de su Amor[6]  .

            Que la Virgen, Nuestra Señora, nos ayude a ser conscientes de que somos hijos de Dios y de quienes nos acompañan también lo son. Así los trataremos siempre con un delicadeza extrema, con alegría y cariño.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 4 de abril de 2021.


[1] Homilía domingo de Pascua.

[2] Misal Romano, Secuencia de la misa de Pascua.

[3] Misal Romano, Pregón Pascual.

[4] Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, n. 10.

[5] 1 Juan 2, 8-10.

[6] San Josemaría, Via Crucis, XIV, 4.