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Jesús y la enfermedad[1]

Una sorprendente cercanía

1. La enfermedad siempre ha sido vista como una difícil prueba para la fe de un creyente. Aunque su origen remoto está en el pecado original, no debe considerarse que todas las enfermedades procedan del comportamiento desordenado de quienes las padecen. Muchas veces, la mayor parte, Dios permite la enfermedad y, más ampliamente, el sufrimiento físico o moral, para purificar o santificar a una determinada persona.

            En el caso de la enfermedad que hoy nos presenta el evangelio, la lepra, encontramos desde muy antiguo connotaciones humillantes y especialmente dolorosas. Por su gravedad y, según se creía, por su capacidad de contagio. Intentando poner un poco de orden al respecto, la ley de Moisés, como escuchamos en la primera lectura[2], obligaba al leproso a presentarse ante un sacerdote para ser declarado impuro, con el consiguiente deber de permanecer fuera del campamento, lejos de toda convivencia social.

            Por estas circunstancias, resulta particularmente contrastante y muy atractiva la actitud de Jesucristo que hoy nos propone el evangelio de san Marcos. El Señor, sin ningún miedo al contagio, dialoga serenamente con aquel pobre hombre. Cuando este le dice: “Si tu quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “Sí quiero: sana.” Inmediatamente –concluye el evangelista– se le quitó la lepra y quedó limpio[3].

            Sorprenden inmediatamente dos cosas en esta narración: la entrañable cercanía física que Jesús se permite con aquel enfermo: lo tocó, se nos dice. Y la soberana majestad con que se expresa nuestro Salvador: “Sí quiero, sana”. Es una palpable demostración de su condición divina y del pleno dominio que ejerce sobre la naturaleza. El Catecismo nos recuerda: La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones (…) son un signo maravilloso de que “Dios ha visitado a su pueblo”[4] y de que el Reino de Dios está muy cerca (…). Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: “Estuve enfermo y ustedes me visitaron”[5].

Dios nos ama en la salud y en la enfermedad

            2. La tradición cristiana ha visto en este padecimiento una imagen del pecado que, de manera análoga a como la lepra mancha la piel del enfermo, mancha el alma del pecador. Ya hablaremos del pecado con motivo del inminente comienzo de la Cuaresma. Hoy quisiera dirigir nuestra atención a la enfermedad y al modo de llevarla como buenos cristianos.

            Alguien ha dicho (S. Kierkegaard), con razón: Los pájaros en las ramas, los lirios del campo, el venado en el bosque, el pez en el mar e innumerables personas felices están cantando en este momento: ¡Dios es amor! Pero a la misma hora está también sonando la voz de los que sufren (de los enfermos o accidentados), y esa voz, en tono un poco más bajo, repite igualmente: ¡Dios es amor![6].

            Dios es amor, sí, queridos hermanos, tanto en el gozo de la salud como en el dolor de la enfermedad. Si estamos sanos, alabemos a Dios con alegría; si enfermamos, no perdamos la paz. Y, en todo caso, tengamos presente que, más tarde o más temprano, todos vamos a enfermar, pero si contamos con Cristo en esas difíciles circunstancias podremos también vivir como hijos de Dios.

Unas sencillas orientaciones

            3. Un buen punto de partida sería valorar, agradecer y cuidar la salud. Si estamos sanos es claro que se trata por un don de Dios, y los dones –los  regalos– cuando se reciben, se agradecen. ¿Cómo agradecer la salud?: Cuidándola. Por ejemplo, con buenos hábitos de alimentación; evitando excesos y defectos que son siempre dañinos. Con ejercicio regular (practicando algún deporte, especialmente al aire libre); respetando el debido descanso (las horas de sueño necesarias), etc.

            Si a pesar de esos cuidados la enfermedad se presenta, lo primero de todo es no protestar, no rebelarse. Porque eso, en lugar de ayudar, complica más las cosas. Resistirse puede añadir a la enfermedad del cuerpo una enfermedad del alma, alejando de Dios, quitando la paz y sumiendo al enfermo en la amargura.

            Con realismo hemos de reconocer que, en sí mismos, la enfermedad y el dolor físico son algo malo. Algo a evitar en a medida de lo posible. Pero también debemos considerar que si se llevan de modo adecuado, con sentido sobrenatural, pueden convertirse en algo bueno, incluso muy bueno.

            De san Juan Pablo II podemos aprender muchas cosas buenas, entre otras, a encontrar a Dios en la salud y en la enfermedad. Poco tiempo después de aquel terrible atentado de mayo de 1981 que lo colocó al borde de la muerte, escribía: para poder percibir la verdadera respuesta al por qué del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo que existe (…). El Amor es (…) la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. La respuesta al hombre nos la ha dado Dios en la Cruz de Cristo[7]. Una densa oscuridad suele envolver al hombre que sufre pero, repito, como a aquel leproso, Jesús no nos abandona, nos toca con su amor y con su gracia, y nos concede su luz.

            Para terminar dos breves recomendaciones. La primera: en la medida de lo posible, no quejarse. Es una forma de hacer menos pesada nuestra enfermedad a los demás. Y, la segunda, obedecer dócilmente al médico. Hay que someterse al tratamiento indicado: estudios, medicinas, dietas, ejercicios… Así, junto al sentido sobrenatural, apoyarnos en la ciencia hará más viable recuperar la salud o, al menos, no empeorarla.

            4. Que la Virgen María, Salud de los enfermos, nos conceda la salud y, en caso de que Dios permita la enfermedad, nos ayude a santificarla muy unidos a su hijo Jesús.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Ciudad de México, a 14 de febrero de 2021


[1] Homilía en el VI domingo del tiempo ordinario, ciclo B.

[2] Primera lectura, Levítico 13,1-2.44-46.

[3] Evangelio, Marcos 1, 40-45.

[4] Cfr. Lucas 7, 16.

[5] Mateo 25, 36.  Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1503.

[6] Citado por J.L. MARTÍN DESCALZO, Razones para iluminar la enfermedad, p. 89.

[7] San Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 13.