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“Estén preparados”

  1. Se va acercando, semana a semana, el fin del año litúrgico, y es habitual que en estos últimos domingos se nos propongan enseñanzas relacionadas con fin del mundo, la vida eterna y el juicio de Dios. Las verdades últimas –los novísimos– de nuestra existencia terrena que tienen como punto de partida la inexorable realidad de la muerte. Hoy escuchamos una sugestiva parábola propia del evangelio de san Mateo.

            El texto en cuestión, nos habla de diez jóvenes (vírgenes) que son las damas de compañía de una novia en un banquete de bodas. La tradición en aquel entonces era que la fiesta empezara sin el novio y que este, para darle más intensidad al encuentro con su amada, se presentara en la celebración sin previo aviso, generando así una fuerte expectación. Para hacer más impactante el acontecimiento, la novia se hacía acompañar de un cortejo formado por sus mejores amigas (como muchas veces ocurre todavía hoy en día). Aquellas muchachas, como expresión externa de la alegría del momento,  debían portar unas lámparas de aceite encendidas.

            Jesús maneja con elegancia en esta parábola un fuerte contraste. Lo que, desde el punto de vista pedagógico, resulta muy efectivo. De las diez muchachas, cinco eran previsoras (prudentes, sensatas) y cinco descuidadas (necias, atolondradas). Las primeras toman la precaución de llevar consigo aceite de repuesto, mientras que las otras no. Y, con grave desconsuelo de su parte, por ese pequeño descuido tienen que escuchar del esposo la triste sentencia: Yo les aseguro que no las conozco[1].

Prudentes

  1. La lección final nos la ofrece la solemne sentencia de Jesús: Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora. Esa es la propuesta de hoy: vigilancia. Una vigilancia que se concreta cada día en el ejercicio de una importante virtud intelectual: la prudencia. Es bien conocido que los antiguos griegos privilegiaron en su cultura esta virtud y nos legaron enseñanzas admirables al respecto. Entre otras, una magnífica definición: la recta razón en el obrar. Es prudente el emplea su entendimiento práctico con rectitud para escoger los mejores medios en orden a conseguir los fines que se propone.


            Ahora bien, eso que se expone en tan pocas palabras, y se comprende con toda facilidad, es muy difícil de vivir. Incorporar la prudencia en la variada gama de actuaciones diarias de una persona, es todo un arte. Y un arte, por cierto, bastante escaso. Se requiere un prolongado esfuerzo intelectual, mucha paciencia, mucha tenacidad, para ir rectificando poco a poco después de cada error, y así conseguir afinar en la selección de los medios más adecuados en cada caso para resolver los problemas prácticos de la vida[2]. 

Para actuar prudentemente hay que prestar  atención a las circunstancias (circunspección), hacer acopio de toda la experiencia anterior (memoria), pedir consejo y, si es del caso, seguirlo (docilidad)… Pero hay un aspecto de la prudencia que se destaca por encima de todos y que, evidentemente, se echa en falta en las jóvenes necias de la parábola: la previsión. Según santo Tomás de Aquino es esta la parte más importante de la prudencia. Asunto vital para los políticos en el ejercicio de su noble y trascendente misión. Pre-ver literalmente significa ver antes, anticiparse; y, también, ver lejos. Es prudente el que cuando tiene que hablar o acometer la realización de algo importante en su vida, hace primero un esfuerzo por visualizar los efectos que tendrá su actuación, tantos positivos como negativos. El prudente establece  escenarios posibles y escoge aquel que representa mejores posibilidades de éxito.

            Es obvio que las diez protagonistas de nuestra parábola se distinguen unas de otras justamente por eso. Mientras unas prevén, otras no. Y es eso lo que nos pide el Señor. Que estemos atentos a los detalles para actuar cada vez mejor, para ser cada vez más perfectos, más santos. Aunque, naturalmente, nunca lo consigamos del todo.

 

“Antorcha es tu palabra para mis pasos”

  1. Para nuestro consuelo, no estamos solos en esta ardua tarea. Los filósofos paganos, griegos y romanos, no contaban más que con su experiencia y su esfuerzo intelectual para conseguir la prudencia y, por tanto, con mucha frecuencia se sumergían en la angustia ante las fuerzas ciegas del destino, ante la tiranía de algunas supersticiones o ante la impenetrable oscuridad del más allá. Una antigua inscripción latina, por ejemplo, decía: In nihil ab nihilo quam cito recidimus (¡Que pronto recaemos de la nada a la nada!)[3].

             En la tradición judeocristiana las cosas son muy distintas. La lectura y la meditación de la palabra de Dios, nos abre suavemente el camino a la sabiduría. Nos lo recuerda la liturgia de hoy: Radiante e incorruptible es la sabiduría; con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean[4]. En el libro de los salmos son frecuentes planteamientos semejantes: Antorcha es tu palabra para mis pasos, Señor, luz para mi sendero (salmo 119). Tú enciendes mi lámpara; Señor, Dios mío, ilumina mis tinieblas (salmo 18). El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré? (salmo 27).

            Dejemos que las Escrituras iluminen nuestra vida, y pidamos la gracia que nos permita reconocer a Cristo, el Esposo, cuando venga a nuestro encuentro en las cosas pequeñas de cada día. Si lo recibimos prudentemente con la lámpara encendida, nos ocurrirá lo que aseguraba san Josemaría a uno de sus hijos: Si respondes a la llamada que te ha hecho el Señor, tu vida ¡tu pobre pobre vida! dejará en la historia de la humanidad un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo, eterno y divino[5].

[1] Evangelio, Mateo 25, 1-13.

[2] Cfr. E. Gilson, el Tomismo pp. 365-366.

[3] Citado por Benedicto XVI, Ángelus, XI 2011.

[4]  Primera lectura, Sabiduría 6, 12.

[5]  Forja, n. 59.