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Misericordia y perdón[1]

Un hombre testarudo

1. Es interesante comprobar cómo la Providencia divina se vale del modo de ser, de las cualidades y defectos de los apóstoles del Señor, para la comprensión y difusión de determinados aspectos del mensaje cristiano. La fogosidad de Juan, la espontaneidad de Pedro o la tenacidad de Pablo resultaron muy valiosas a la hora de ilustrar y extender el Evangelio de Jesucristo.

            Lo mismo ocurre, como acabamos de comprobar, con la figura de Tomás. Este apóstol era franco, un tanto escéptico y, sobre todo, tremendamente testarudo.  Y al no estar presente con los demás discípulos el día de la resurrección, esa ausencia y su personalidad resultaron más beneficiosas para la Iglesia, que la presencia de todos los demás.

            Es célebre el comentario de san Gregorio Magno al respecto:  ¿Acaso piensan ustedes que aconteció por pura casualidad que estuviese ausente entonces aquel discípulo elegido, que al volver oyese relatar la aparición, y que al oír dudase, dudando palpase y palpando creyese? No fue por casualidad, sino por disposición de Dios. La divina clemencia actuó de modo admirable para que, tocando el discípulo dubitativo las heridas de la carne de su Maestro, sanara en nosotros las heridas de la incredulidad (…). Así el discípulo, dudando y palpando, se convirtió en testigo de la verdadera resurrección[2].

“Señor mío y Dios mío”

            2. Ante la evidencia de las llagas de Cristo, señales de su Pasión, aquel hombre pronunció las maravillosas palabras que tanto bien han hecho a lo largo de la historia cristiana: Señor mío y Dios mío[3].  Cinco palabras inagotables que expresan elocuentemente la emoción de Tomás ante la humanidad y la divinidad de Jesucristo resucitado. Palabras que muchos procuramos repetir, en silencio, al momento de adorar al Santísimo Sacramento en la consagración de la misa o al comenzar un rato de oración delante del Sagrario.

            ¡Cuánto fruto espiritual han recibido los santos al acercarse a esas benditas llagas de Cristo! San Josemaría, en una carta escrita a un hijo suyo desde Burgos, en plena Guerra Civil española, decía: Esta mañana, camino de las Huelgas (un antiguo y famoso monasterio), a donde fui para hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo (un amplio y profundo horizonte de lucha interior): la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor (…). ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! (…). Si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¡qué no harán las Cinco abiertas en el madero?[4].

            Estas consideraciones nos podrían ayudar a crecer en devoción a Jesús Sacramentado, verdaderamente presente en la Eucaristía. De manera especial, al recibirlo en la Comunión: dentro de tus llagas, escóndeme, le hemos dicho tantas veces con una hermosa oración eucarística. Que procuremos hacerlo con más frecuencia. Especialmente en este tiempo de Pascua, en que se nos hace más cercana y entrañable su presencia en la Eucaristía.

Los “signos de la misericordia del Padre”

            3. Otro punto importante de meditación. Desde hace unos años, por iniciativa de san Juan Pablo II, este domingo se llama también de la Divina Misericordia. Secundando las revelaciones a santa Faustina, el Papa quiso que en este día todos los fieles experimentáramos, de la manera más viva, la insondable riqueza del amor de Dios por los hombres y, en particular, su perdón a los pecadores.

            En efecto, nos cuenta san Juan, testigo presencial, que aquella noche de la resurrección el Señor sopló sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar[5].

            La devoción a la imagen de Jesús de la Divina Misericordia, despidiendo los rayos de su amor y alzando la mano derecha para perdonarnos, se ha extendido increíblemente por todo el mundo. Y es un recordatorio muy significativo de la permanente llamada a la conversión que nos dirige la Iglesia. No hace mucho escribía el Papa Francisco: Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre[6].

            Como es obvio, estas palabras van orientadas en primer lugar a nosotros los sacerdotes y confesores, pero valen también para los laicos en el ejercicio de lo que san Josemaría llamaba el apostolado de la confesión. La tarea urgente de acercar a otras almas a las fuentes de la misericordia divina, haciéndoles partícipes de nuestra propia experiencia.

Una bonita anécdota

            4. Queriendo ilustrar esto para ustedes, me acordé de una sencilla anécdota, relatada por un gran actor de teatro y cine, el inglés  Sir Alec Guinness, entre otras cosas, ganador del Óscar al mejor  actor por su papel en la memorable película Puente sobre el río Kwai.

            Él era anglicano, pero algunos amigos suyos, en aquellos años cincuenta del siglo pasado, se fueron acercando a la Iglesia Católica y se fueron convirtiendo. Tenía muchas inquietudes pero también muchos prejuicios. Un día le ofrecieron el papel del Padre Brown en una cinta que se filmó entre Francia e Inglaterra. Estaba en Borgoña, vestido de sacerdote, cuando le informan que no sería necesaria su presencia en unas cuantas horas. Así como estaba, al final de la tarde, se dirige a su pequeño hotel, atravesando el campo. De repente, cuenta en sus memorias: oí unos pasos brincando detrás de mí y una voz aguda que me llamaba: ¡Padre! Un niño de siete u ocho años me tomó de la mano y, estrechándola con fuerza, se puso a sacudirla, mientras me hablaba sin tino. Estaba muy emocionado y no paraba de saltar y dar brincos. Temeroso de asustarlo con mi pésimo francés, no me atrevía pronunciar palabra. A pesar de ser para él un total desconocido (obviamente, me había tomado por un sacerdote y confiaba en mí). De repente, con un Bonsoir, mon père y una rápida inclinación de cabeza, desapareció a través del agujero de una valla. Mientras  él volvía al hogar feliz y reconfortado, a mí me dejó con un extraño sentimiento de euforia y serenidad. Proseguí mi camino pensando que una Iglesia capaz de inspirar tanta confianza en un niño, de propiciar con tanta facilidad la cercanía de sus sacerdotes –aún siendo desconocidos–, no podía ser tan intrigante y horrible como a menudo se pretendía. Así comencé a desprenderme de unos prejuicios aprendidos y arraigados en mí desde tiempo inmemorial[7].

            El sacerdote –quien sea– es siempre otro Cristo[8], puede leerse en Camino. Tengámoslo presente a la hora de acudir, con humildad y contrición, al sacramento de la misericordia divina que es la confesión.

            5. Que la dulzura de la Madre de la Misericordia, la Virgen María, nos acompañe en todo momento. Especialmente cuando nos cueste un poco de más trabajo reconocer nuestras faltas y manifestarlas abiertamente en el sacramento de la confesión.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 11 de abril de 2021.

PD:     

            Hay otro asunto importante que me gustaría tratar con ustedes en esta ocasión, un poco al margen de los textos de nuestra celebración litúrgica, y a manera de confidencia personal. Quisiera comenzar con una pequeña anécdota. Cuando hace bastantes años estudiaba la preparatoria en la ciudad de Monterrey, se lanzó con mucho éxito una canción que tenía una melodía muy dulce y de fácil retención. Tal vez algunos de ustedes la recordarán, se llama La vida sigue igual, y fue compuesta e interpretada por un joven artista español, casi desconocido en aquel entonces, llamado Julio Iglesias. Dicha composición tenía un estribillo que me ha venido con frecuencia a la memoria durante estos últimos días. Dice así:

Siempre hay por qué vivir por qué luchar.

Siempre hay por quién sufrir y a quién amar.

Al final, las obras quedan las gentes se van.

Otros que vienen las continuarán.

La vida sigue igual.

            Esto tiene mucho de verdad. En la vida todos tenemos que cumplir con determinadas tareas y, más tarde o más temprano, llega el momento de dejar el paso a otros para que les den continuidad: Al final, las obras quedan las gentes se van. Otros que vienen las continuarán. Después de seis largos e intensos años al frente de esta hermosa parroquia y, sobre todo, de esta maravillosa comunidad de fieles, ha llegado el momento de decir adiós.

            Recibí una parroquia bastante bien encarrilada. A quienes me precedieron les tocó la dura tarea de arrancar. A mí, la de continuar, completar, estructurar… Puse en esta tarea todo el empeño de que fui capaz. Evidentemente algunas cosas no salieron tan bien como hubiera querido. Si en algo fallé, les pido una disculpa. Lo que se consiguió fue por la gracia de Dios y la eficaz colaboración de tantas personas estupendas que a lo largo de estos años me han ayudado trabajando en nuestra comunidad con una generosidad y abnegación. Estoy seguro de que Nuestro Señor, que es muy buen pagador y, como solía decir san Josemaría, nunca se deja ganar en generosidad, premiará a todos como solo Él sabe hacerlo.

            Comprenderán que en estos momentos me encuentro un poco con el corazón partido. Por una parte me alegra mucho volver a mi querida ciudad de Monterrey en donde me esperan tantas buenas personas, parientes y amigos con las que he convivido y trabajado muchos años; pero, por otra, me duele y mucho, dejar también a tantas maravillosas personas que he conocido a lo largo de estos años. Quisiera irme y quedarme, pero eso no es posible a las pobres creaturas humanas.

            Otros que vienen las continuarán… En efecto, en breve estará por aquí mi sucesor, el P. Armando Ruiz Castellanos. Un sacerdote con mucha experiencia, buen hijo de san Josemaría, en el que encontrarán siempre un pastor dispuesto a servir a sus ovejas. Les aseguro que van a estar en muy buenas manos.

            Para terminar, solo les pido dos breves oraciones. Una por el fruto del abundante trabajo sacerdotal que me espera en mi nuevo destino y, otra, por el trabajo que realizarán los nuevos sacerdotes que llegan ahora a San Josemaría. Que la Virgen nos ayude a todos a ser buenos y fieles en donde la Providencia nos coloque.


[1] Homilía II domingo de Pascua o de la Divina Misericordia.

[2] San Gregorio Magno, Homilías sobre el Evangelio, 26, citado por F. Fernández Carvajal, Hablar con Dios, II.

[3] Evangelio, Juan, 20, 28.

[4] Carta a Juan Jiménez Vargas, 6-VI-1938, citado por A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, II.

[5] Evangelio, Juan 20, 22-23.

[6] Papa Francisco, Carta Apostólica, Misericordiae vultus, n. 17.

[7] Cfr. A.Guinnes, Blessings in Disguise (autobiografía), citado por J. Pearce, Escritores conversos, pp. 385-395.

[8] San Josemaría, Camino, n. 66.