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Nicodemo: un intelectual coherente y valiente[1]

Un visitante nocturno

1. Ordinariamente encontramos a Jesús rodeado de gente sencilla: pastores, campesinos, amas de casa, pescadores… Sin embargo, el Señor recibía a todo tipo de personas. El texto que acabamos de escuchar nos refiere el encuentro con Nicodemo, un intelectual. Un hombre instruido en las Escrituras, de buena posición económica y con un cargo influyente en el sanedrín, que era como una especie de senado del pueblo elegido.

            La escena se ubica en Jerusalén. El Señor ha ido revelando gradualmente su condición mesiánica y esa profunda y misteriosa relación que tiene con Dios. Como no podía ser de otra forma, al oírlo, entre los sacerdotes y ancianos que dirigían religiosamente a los judíos, se arma un gran revuelo. Unos pocos creen, y lo ven con simpatía; otros muchos no creen, se indignan airadamente, y lo consideran blasfemo… Otros, en fin, dudan. No saben si creer o no creer. De estos últimos parece ser Nicodemo. Por eso busca un encuentro personal con el Señor. Quiere someterlo, si fuera posible, a un cuidadoso interrogatorio para despejar sus inquietudes. Y, como el ambiente es muy adverso, la cita tiene que concertarse de noche y con la mayor discreción.

             Estamos ante un hombre de criterio. Con sólida preparación doctrinal, de mente abierta y con una fina sensibilidad. Ha sido deslumbrado por la imponente figura del joven Maestro. Le cautiva su predicación. Y ha comprobado, además, el misterioso poder que emana de su persona y su sorprendente capacidad de realizar curaciones.

Un signo de amor en lo alto del monte

            2. Apenas se introduce en la casa, y tras un breve saludo, se entabla el diálogo. Mientras a lo lejos se escucha el ruido del viento, ambos tratan pausadamente de la llegada de un nuevo tiempo. Un tiempo que exige un profundo cambio interior, un nuevo nacimiento, así como del misterioso soplo del Espíritu Santo. En un momento determinado, Jesús afirma: Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna[2].

            En la memoria de Nicodemo aparece la conocida escena del libro de los Números[3]. Ante las murmuraciones de los israelitas en su larga peregrinación, el Señor los castiga con el envío de unas serpientes venenosas que los atormentan. Acuden a Moisés y este, por indicación de Dios, levanta en el centro del campamento una gran serpiente de bronce que al ser mirada por las víctimas, les devuelve la salud.

            Las palabras de Jesús, conforme avanza el diálogo, son cada vez más serias, más penetrantes. Para Nicodemo no hay duda que este hombre sabe muy bien lo que dice. Habla de algo que va a suceder en el futuro como si lo estuviera viendo. Mientras que, en la memoria del visitante nocturno, resuenan los ecos recientes del enérgico rechazo a este profeta por parte de los círculos dirigentes del pueblo. Y, quizás,  su asombro aumenta al escuchar que el crimen que se está tramando –un crimen horrendo– según Jesús se convertirá en un sacrificio redentor. En efecto, tal parece ser el sentido de las palabras que Maestro añade: porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna[4].

            No sabemos qué tanto habrá comprendido Nicodemo de las densas palabras de Jesús. Lo que ahora vislumbramos es que el pecado más grave que jamás hayan cometido los hombres, ese espantoso segundo pecado original como lo llama  Guardini[5], ese privar de la vida en la cruz al mismo autor de la Vida, se convertirá, por disposición de la Providencia divina, en la más bella expresión del amor y de perdón de Dios a los hombres.

            Nicodemo ya no dice nada. En silencio medita las reflexiones del Maestro. Luego se despide y se va. Pero, tiempo después, cuando llegue el terrible momento del cumplimiento de la profecía, cuando lo dicho por Jesús se realice en el monte calvario, allí estará este buen hombre, dando la cara por el Señor (junto con José de Arimatea) pidiendo al procurador romano el cuerpo de Jesús para cumplir el honroso deber de sepultarlo con dignidad.

“Te adoramos, oh Cristo…”

            3. Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. ¿Qué nos dicen hoy a nosotros estas maravillosas palabras de Jesús?

            Pienso en al menos dos cosas muy concretas. En primer lugar que, como aquellos pobres judíos del desierto que miraban la serpiente de bronce y se sentían aliviados; que nosotros, al mirar la cruz de Cristo, experimentemos el hondo consuelo de sabernos perdonados y purificados por Dios. Como dice esa antigua oración litúrgica: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

            Y, en segundo lugar, que apoyados en la gracia de Dios e imitando la actitud receptiva y humilde de Nicodemo seamos, como él, capaces de dar una respuesta valiente a nuestro Salvador. Ante tantos falsos discípulos que cobardemente se refugian en un cómodo anonimato, nosotros seamos capaces de manifestar abiertamente nuestra fe.

            Con nuestras palabras y, más aún, con nuestras acciones, que reflejemos de modo sencillo y natural nuestra vocación cristiana. Cuando tantos a nuestro alrededor parecen sumergidos en el paganismo, que no perdamos nuestra condición de sal y luz de Cristo en medio del mundo. Escribió san Josemaría: Amo tanto a Cristo en la Cruz, que cada crucifijo es como un reproche cariñoso de mi Dios: … Yo sufriendo, y tú…  cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y tú… negándome.[6]

            No se va de mi memoria la aguda frase que un día le dijo un muchacho de preparatoria a un compañero suyo un tanto envuelto en la frivolidad: Tú, ¿no te sientes a veces un poco incómodo de estar tan cómodo?

            Que nuestra madre la Virgen María nos ayude en esta Cuaresma a acompañar valientemente al Señor por el camino de la cruz.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 13 de marzo de 2021.


[1] Homilía en el IV domingo de Cuaresma, B.

[2] Evangelio, Juan 3, 14-15.

[3] Números 21, 4-9.

[4] Juan 3, 16

[5] R. GUARDINI, El Señor, p. 195.

[6] Via Crucis, XI, 2.