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“Orando nos encontramos”[1]

“Un rostro resplandeciente como el sol”

1. Desde muy antiguo en la Iglesia, la escena de la Transfiguración del Señor, se contempla en la liturgia en dos ocasiones cada año. En una fiesta propia, completamente dedicada a este misterio, el 6 de agosto; y, como hoy, el segundo domingo de Cuaresma. La respuesta al porqué de esta última celebración, nos la ofrece el prefacio de la misa de hoy: Porque él mismo (Cristo, Señor nuestro), después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley (Moisés) y los profetas (Elías), que la pasión es el camino de la resurrección[2].

           En  efecto, los tres evangelios sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas, confirman que el acontecimiento de la Transfiguración ocurrió inmediatamente después de que el Señor anunciara su pasión y muerte en la cruz. Es comprensible que semejante revelación dejara abatido el ánimo de sus discípulos y que Jesús quisiera confortarlos con un gesto impresionante para que, en su momento, pudieran superar el escándalo que les habría de causar el misterio de la cruz. Así, en aquella inolvidable noche, sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra[3]. Su rostro, dice san Mateo, estaba resplandeciente como el sol[4]. Y, acto seguido, aparecieron a su lado las más grandes figuras de la Antigua Alianza, Moisés y Elías. Por si eso fuera poco, luego se oye la voz poderosa del Padre Eterno que, desde una nube, dice: Este es mi Hijo amado; escúchenlo.

En la versión de san Lucas hay un detalle especialmente significativo. Se consigna que Jesús subió al monte para orar. Y que el emocionante fenómeno de la Transfiguración ocurrió mientras él oraba. Con lo que nos quiso enseñar la importancia de la oración como el gran recurso para conocer lo que Dios espera de nosotros en esta vida, y también para ponerlo en práctica.

Mes de la familia

2. Estamos a punto de empezar el mes de marzo. Un mes que en la Iglesia tradicionalmente se consagra a san José, el esposo de la Virgen María y quien hizo las veces de padre de Jesús. El gran maestro de la vida interior de los cristianos, pues nadie como él, fuera del caso de Nuestra Señora, trató tanto a Jesús. Empezamos, entonces, el mes de san José, pero en esta ocasión, en el año de san José, ya que el Papa Francisco ha querido dedicar este 2021 al Santo Patriarca.

 Ahora bien, en nuestra Arquidiócesis de México, va a ser también el mes de la familia. Y, más en concreto, el mes de la oración en familia. El lema que se nos propone es Orando nos encontramos. Un punto que, además de muy bello, es realmente urgente. Ya que es probable que tanta convivencia familiar como nos ha impuesto la pandemia en estos últimos meses haya podido deteriorar la comunicación familiar. Así, se nos invita a que apoyados en la oración, intentemos restablecerla.

           El punto de partida no puede ser otro que el ejemplo personal de cada uno de los miembros de la familia, empezando por los padres. A este respecto, el Papa Francisco recordaba que los niños necesitan símbolos, gestos, narraciones. Los adolescentes suelen entrar en crisis con la autoridad y con las normas, por lo cual conviene (…) ofrecerles testimonios luminosos que se impongan por su belleza (…) Es fundamental que los hijos vean de una manera concreta que para sus padres la oración es realmente importante. Por eso los momentos de oración en familia (…) pueden tener mayor fuerza evangelizadora (…) que todos los discursos[5].

           Un día recibió san Juan Pablo II a una familia mexicana en una audiencia particular. Hablaron, entre otras cosas, de la trasmisión de la fe a los hijos en un ambiente muy adverso. Fue entonces cuando el Papa preguntó al padre de familia (un empresario de éxito):  Y, usted, ¿reza con tus hijos? Este buen hombre respondió que sí. Su Santidad insistió: ¿pero reza el Rosario con sus hijos? Y la respuesta fue: sí, Santo Padre, rezo con frecuencia el Rosario con mis hijos. Hubo todavía una pregunta más: ¿reza el Rosario de rodillas con sus hijos? Y, entonces, con toda franqueza, tuvo que responder: No, eso no Santo Padre. Y el Papa añadió: pues yo vi muchas veces a mi padre rezar el Rosario de rodillas. Vale la pena recordar que el padre del Papa no era un sacristán, sino un recio militar.

“Semillas en tierra fecunda”

           3. En un importante documento de su pontificado sobre este tema, enseñaba san Juan Pablo que la plegaria familiar hace presente a Cristo entre los diversos miembros de la familia y en todos los momentos importantes de su historia: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas, alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muerte de personas queridas, etc.[6].

Hay que conseguir, por medio de la oración –de las diversas expresiones de la oración–: las plegarias de la noche, la bendición de la mesa, el rezo algunas veces del Rosario, los pequeños ratos de meditación personal… la gran meta que proponía el Papa Francisco: que la familia logre concentrarse en Cristo (en ese “rostro más resplandeciente que el sol”), para que él unifique e ilumine toda la vida familiar[7]. Así, si hubiera momentos difíciles, días amargos, la unión con Cristo evitará la ruptura y las familias irán consiguiendo gradualmente superar sus inevitables dificultades para, finalmente, conquistar la gran meta a la que están llamadas: la santidad en medio del mundo.

Pueden ser cosas muy pequeñas, pero que se graban a fuego en el alma de los niños.

Es hermoso –son también palabras de Francisco– cuando las mamás enseñan a los hijos pequeños a mandar un beso a Jesús o a la Virgen ¡Cuánta ternura hay en ello! En ese momento el corazón de los niños se convierte en un espacio de oración[8].

           Algo parecido proponía san Josemaría en el año 1974 a una joven madre de familia que le preguntaba en Brasil sobre qué oraciones hacer con los niños: ¡Muy breves! –fue su respuesta inmediata–. Enséñales a rezar a la Virgen, por la noche, una oración muy corta: un Avemaría o, a los más, tres (…) Y al Ángel Custodio. Tú verás. Lo que a ti te enseñó tu madre (…). La piedad que dejan las madres en sus hijos es como una semilla en tierra fecunda. Pasan los años, se llega a tener mi edad (tenía entonces 72 años) –una edad en plena juventud (bromeaba) –, y continúa dando flores y frutos.

           Acudamos a la Sagrada Familia, a Jesús, María y José, para que las familias de la parroquia y de toda la Arquidiócesis cuiden en este mes la oración y se mantengan fuertes y unidas, llenas de paz y de alegría.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 28 de febrero de 2021.


[1] Homilía en el II domingo de Cuaresma, ciclo B.

[2] Misal Romano, prefacio al II domingo de Cuaresma.

[3] Evangelio, Marcos 9, 2-10.

[4] Mateo 17, 2.

[5] Papa Francisco, Amoris laetitia, n. 288.

[6] San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 59.

[7] Papa Francisco, Amoris laetitia, n. 317.

[8] Ibid. n. 287.