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Que María, Madre de Dios y Madre nuestra, nos obtenga un año mejor[1]

“Y en la tierra paz”

1. Aquella noche era fría, el cielo estaba despejado y muy estrellado. Los pastores, como solían hacer, cuidaban sus rebaños y conversaban entre sí de temas sencillos. De repente, ocurrió algo asombroso. Un ángel de luz se aparece en el horizonte y les comunica un mensaje impactante: No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Apenas están asimilando lo que acaban de escuchar, cuando el ángel añade: Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre[2].

           Y, como acontece en las composiciones musicales, tras un breve solo, viene un grandioso coro. Apunta el evangelio de san Lucas que de pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!”[3].

Testigos privilegiados

           2. Así dejamos las cosas hace una semana, en la celebración de la Navidad. La liturgia de la Iglesia, que maneja con bastante elasticidad el tiempo, hoy nos conecta otra vez con ese entrañable momento, y nos dice que los pastores fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre[4]. No nos cuesta meternos en la escena. Los pastores van llegando unos detrás de otros y van rodeando el establo de Belén. Saludan a José y a María, se acercan todo lo que pueden al pesebre, le ofrecen a José sus regalos (un poco de queso y pan, algo de vino, una cría de sus ganados…), por fin, se atreven a besar al Niño y, se quedan embelesados contemplándolo.

           Un niño envuelto en pañales junto a su Madre. Esa es la gran señal que conmovió a aquellos primeros testigos y es la gran señal que también nos conmueve a nosotros. Naturalmente, el profundo misterio que se encerraba en aquella escena, fue gradualmente comprendido por la tradición cristiana. Tuvieron que pasar varios siglos de oración y de reflexión profunda, para que se pudiera definir con precisión. Pero lo cierto es que aquellos humildes pastores dejan el pesebre maravillados, alabando y glorificando a Dios por lo que habían visto y oído[5].

Madre de Dios          

           3. Cuando la Virgen, nueve meses antes, dijo que sí, aceptando la propuesta que Dios le hacía a través del arcángel Gabriel, evidentemente, no engendró al Hijo de Dios, en el sentido de que el Hijo de Dios empezara a existir en ese momento. Eso había sido obra del Padre desde toda la eternidad. María, en la Anunciación, lo que concibe es el cuerpo humano de Cristo, al que luego se le añade un alma y, a esa naturaleza humana completa (cuerpo y alma), se une la naturaleza divina del Hijo de Dios, en la unidad de la Persona de Jesucristo. Pero, al momento del nacimiento, la Virgen da a luz a la persona de Jesucristo. Es decir, a todo su ser. En consecuencia, con toda propiedad se puede afirmar, y así lo ha establecido la Iglesia, que es Madre de Dios. Podemos decir bien alto –concluía san Josemaría– a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios[6].

           En la última reforma litúrgica, tras el Concilio Vaticano II, la Iglesia tuvo la genial intuición de colocar, al comienzo del año, la celebración que nos recuerda este profundo misterio, tan vinculado a la salvación realizada por Cristo. Por eso, esta noche tan especial miramos con ternura y alegría a María junto al Niño en el pesebre, y la felicitamos por su Maternidad divina.

Un año mejor

           4. Pero, por otra parte, no podemos olvidar que estamos terminando un año y empezando otro. Y no cualquier año, estamos terminando un año terrible. Por eso, queridos hermanos, clavando la mirada en María con el Niño Jesús en sus brazos, hoy le queremos pedir llenos de fe, un año mejor. Desde luego, estamos dispuestos a aceptar lo que disponga la Providencia divina. Con san Pablo hemos aprendido que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios[7]. Y, también, que el Señor siempre saca de los males, bienes; y de los grandes males, grandes bienes. Pero, como niños pequeños, que tienen total confianza en su madre, insisto, le queremos pedir un año mejor. Un año con salud, con menos agobios económicos, con más seguridad y paz para todos los mexicanos y, particularmente, para las mexicanas: ¡que se reduzca, que incluso desaparezca, la violencia contra las mujeres y las niñas, en esta tierra bendecida por las apariciones de santa María de Guadalupe!

            Un año, en fin, con mayor equilibrio democrático, lo que significa con mejores soluciones para los grandes problemas nacionales. Un año con más solidaridad entre los que tienen bienes en abundancia y los que padecen grandes carencias. Un año, por encima de todo, en donde las familias –nuestras queridas familias de la parroquia de san Josemaría– vivan unidas y en armonía.

           María, madre nuestra, sabemos que los buenos teólogos afirman de ti que eras omnipotencia suplicante. Que todo lo puedes delante de Dios, porque tu Hijo no te niega nada, como se comprobó en Caná de Galilea[8]. Pues apoyándonos en esa verdad te pedimos acojas nuestras humildes súplicas para este año que comienza. ¡Bendita seas!

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 31 de diciembre de 2020.


[1] Santa María, Madre de Dios, diciembre de 20210.

[2] Lucas 2, 10-12.

[3] Ibid. 14.

[4] Evangelio, ibid., 16.

[5] Ibid., 20.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 274.

[7]  Romanos, 8, 28.

[8]  Juan 2, 1-12.