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Reinar sirviendo[1]

Un texto conmovedor

1. Cada año, la liturgia de la Iglesia nos propone, al comienzo de la Semana Santa, la lectura de la Pasión del Señor. Un texto fuerte, inquietante, conmovedor. Una importantísima página de la Biblia que a veces nos da un poco de miedo leer. Una página que siempre nos interpela de modo personal, pues es una gran verdad que toda aquella secuencia de sufrimientos, los padeció Nuestro Señor para salvarnos a cada uno de nosotros[2].

            Considerar esta realidad es algo conmovedor, repito, pero de ninguna manera triste. Bien sabemos, y es importante subrayarlo, que la muerte de Jesucristo, no fue la última palabra que Él nos dirigió. La fe nos recuerda que tras la densa oscuridad de aquella tarde en el Calvario, vino, al tercer día, la gran luz de su gloriosa resurrección.

Cristo Maestro, Sacerdote y Rey

            2. Si vemos la vida de Cristo en su conjunto, descubriremos en ella una triple función que la tradición siempre le ha reconocido. La función de enseñar, de santificar y de regir. Cristo es Maestro (Profeta), Sacerdote y Rey (Pastor). Otras veces hemos considerado la riqueza insondable de su predicación y enseñanza. O, también, el modo como santifica a las personas perdonándoles sus pecados o por medio de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía. Hoy quisiera referirme a su peculiar modo de regir, de reinar, que aparece muy notoriamente en este domingo de Ramos, tanto en la narración de su entrada triunfal en Jerusalén, como en el relato de la pasión en las cuatro versiones del Evangelio.

            ¿Eres tú el rey de los judíos?, le pregunta Pilato admirado y perplejo al comprobar la nobleza y serenidad con que aquel misterioso galileo soporta las diversas afrentas de su proceso judicial. Y Jesús responde: Sí, lo soy[3]. En la versión de Marcos que acabamos de escuchar, Cristo ya no dice nada, como manso cordero se sumerge en un profundo silencio. Pero san Juan, testigo presencial de los hechos, nos recoge algunos datos adicionales. Ante todo que Jesús consigna que su reino no es de este mundo. Para luego añadir la íntima condición de su reinado: Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz[4].

            Dato importante. Cristo Rey vino a revelarnos la Verdad. Sobre todo la verdad sobre el hombre mismo. Como enseña el último concilio: el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación[5].

La serena majestad de Cristo en la Cruz

            3. Al conocer la vida de Cristo el hombre descubre su propia dignidad y su misión. En la realeza de Cristo, el hombre descubre su propia realeza que, según la Escritura, tiene su mejor expresión en el servicio. Bien sabemos que el Señor, nuestro Rey, no vino a ser servido, sino a servir[6]. Y, atinadamente, puntualizaba san Juan Pablo II: Si a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente “reinar” solo “sirviendo”, a la vez el “servir” exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el “reinar”. En efecto, para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio[7].

            Esa serena majestad brilla en toda la vida del Señor pero resulta especialmente evidente en el relato de la Pasión. El modo como sobrelleva las burlas de sus enemigos, el estar atento a la salvación del buen ladrón, el mirar al discípulo amado y confiárselo a su Madre y viceversa, confiar la Madre al propio discípulo. Y tantos otros detalles, reflejan un completo dominio de sí mismo aun en las circunstancias más extremas.

            Reflexionando sobre el inconfundible estilo del reinado de Cristo, se entiende que san Josemaría comentara: Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por Él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque solo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen[8].

Una herradura mal puesta

            4. Quiera Dios que estas consideraciones nos ayuden a enfocar del mejor modo las próximas vacaciones. Que vayamos a los encuentros familiares y sociales que probablemente estos días se van a multiplicar, con un genuino y cristiano espíritu de servicio. Sin olvidar que el punto de partida de esta actitud es siempre el cumplimiento de nuestras personales responsabilidades. Hacer bien lo que nos toca a cada uno es el mejor modo de servir.

            Tal vez algunos de ustedes recordarán una famosa frase inmortalizada por William Shakespeare en uno de sus dramas: ¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino por un caballo! La historia, muy resumida, es la siguiente: Hacia finales del siglo XV el rey de Inglaterra, Ricardo III, se iba a enfrentar en una importante batalla con una grave sublevación encabezada por el Enrique, conde de Richmond. Necesitaba tener su caballo favorito en las mejores condiciones y descubre la víspera que sus herraduras están en malas condiciones. Manda a uno de sus súbditos que busque un herrero y remedie la situación. El herrero responde que, después de haber arreglado muchos caballos para la batalla, se le ha agotado su repertorio de herraduras y clavos. Ante la insistencia del enviado del rey, hace lo que puede. Consigue improvisar unas herraduras y le instala tres al caballo. Pero para la cuarta ya no dispone de clavos suficientes. Y aquel trabajo queda incompleto.

            Al día siguiente, en medio del fragor de la batalla, el rey va en su caballo de un lugar a otro animando y orientando a sus soldados. Como era de esperarse, en un momento dado, el caballo pierde aquella herradura mal puesta, tropieza y rueda por el suelo con todo y jinete. Cuando al fin se levanta, huye despavorido a todo galope y el pobre Ricardo III se encuentra en una situación desoladora. Tumbado en el suelo y rodeado por sus enemigos. Y es entonces cuando grita la famosa frase: ¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino por un caballo!

            Hasta el día de hoy la gente repite de vez en cuando:

            Por falta de un clavo se perdió una herradura,

            por falta de una herradura, se perdió un caballo,

            por falta de un caballo, se perdió una batalla,

            por falta de una batalla, se perdió un reino…[9]

            Hagamos lo que nos corresponde con la mayor perfección de que seamos capaces y con el único afán de amar a Dios y hacer agradable la vida a los demás, de ser útiles, de servir.

            5. Así vivió Cristo, y así vivieron también la madre de Cristo, la Virgen María, y su esposo san José.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 28 de marzo de 2021.


[1] Homilía en el Domingo de Ramos, Ciclo B, 2021.

[2] Cfr. San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Quinto Misterio Doloroso.

[3] Evangelio, Marcos, 15, 2.

[4] Juan 18, 37.

[5] Gaudium et spes, n. 22.

[6] Mateo 20, 28.

[7] San Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 21.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 182.

[9] W. Bennett, El libro de las virtudes, pp. 175-176.