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Reino de verdad y de amor[1]

 

La verdad ante todo

 

  1. Siempre me ha impresionado que en el magnífico elenco de las notas distintivas del reino de Cristo que se recogen en el prefacio de la misa de hoy (solemnidad de Jesucristo Rey del Universo) la primera que se menciona es la verdad. El de Cristo es un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz[2]. Primero que nada, de verdad. La mentira es diabólica, es perversa, es diametralmente opuesta a lo que el Señor trajo al mundo.

           Consta en los Evangelios  que el Señor rechazó con firmeza la propuesta de hacerlo rey por parte de algunos de sus discípulos[3]. Él nunca quiso para sí un reinado temporal, político. Sin embargo, en un momento particularmente importante de su vida, en el juicio ante Poncio Pilato, poco antes de padecer y morir por nosotros, Jesús sí aceptó su condición real, regia. Y lo hizo justamente con referencia a la verdad.  El procurador romano, un hombre de Estado, poderoso y pragmático, le pregunta intrigado: ¿Eres tú el rey de los judíos? Y el Señor responde: Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y viene al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz. Y Pilato, irritado ante esa respuesta, añade: ¿qué es la verdad?[4]

 

           Queridos hermanos, que hoy volvamos a proponernos ser muy amigos de la verdad. Que la busquemos con pasión, que la amemos intensamente, que la sepamos difundir con valentía por todas partes. Así extenderemos el reino de Cristo.

 

Amor y servicio

 

  1. Otro elemento importante de este reino es, desde luego, el amor, y una singular expresión del amor privilegiada por Cristo, el servicio. Un día, de camino a Jerusalén, los dos hijos de Zebedeo (Juan y Santiago) quisieron colocarse uno a la derecha y otro a la izquierda en su futuro reino. Aprovechando esa circunstancia que evidenciaba las oculltas ambiciones de estos hermanos, Jesús insiste en que la nota esencial del comportamiento de los suyos ha de ser el servicio. Un servicio que Él ha mostrado constantemente: el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos[5].

           Es también la enseñanza que encontramos en el pasaje evangélico que acabamos de escuchar. Cristo da tanta importancia a las obras de misericordia, de amor, con los desprotegidos, que hace depender de ellas nada menos que nuestra salvación o condenación eterna. En efecto, cuando al final de los tiempos vuelva para juzgar a todos los hombres, lo determinante será cuál haya sido nuestra actitud con el pobre, el enfermo, el encarcelado…

 

           Ante la crisis social y económica en la que nos ha colocado la pandemia, el Papa Francisco apunta enérgicamente a la virtud de la caridad fraterna como el gran remedio. Para el Romano Pontífice, esa caridad se expresa en el servicio, Que, en gran parte es cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo[6]. Apoyándose en santo Tomás de Aquino, nos recuerda la valoración que está detrás de la palabra caridad. El ser amado –nos dice– es “caro” para mí, es decir, “es estimado como de alto valor”. De aquí que el amor implica  –sigue proponiendo Francisco– algo más que una serie de acciones benéficas. Las acciones brotan –deben brotar– de una unión que inclina más y más hacia el otro considerándolo valioso, digno, grato y bello[7].

 

           Les podría compartir, en este sentido, una pequeña anécdota que leí hace tiempo y que cito de memoria. No sé, además, si ya la habré citado en otra ocasión. Una joven ejecutiva, de alto nivel, se presentó en la ventanilla de una aerolínea para confirmar su vuelo. Y se encontró con la desagradable noticia de un retraso de más de una hora. Se dirigió a una tienda del aeropuerto, compró una botella de agua, una revista de actualidad y una bolsa de galletas de chocolate. Se acomodó en la sala de espera y empezó a leer su revista. Al poco rato, llegó un joven estudiante, bastante informal: pelo largo, pantalones de mezclilla (rotos, por supuesto), camiseta, morral… Y se sentó justo a lado de ella. Unos minutos después, mientras ella leía, el joven empezó a comerse las galletas de la ejecutiva, para gran sorpresa y disgusto de ella. Enfadada, y para subrayar de quién eran esas galletas, no se le ocurrió otra cosa que empezar a comérselas. Así, fueron tomando cada quien la suya, hasta que llegó el momento de que solo quedaba una. El estudiante, muy sereno y sonriente, la tomó, la partió amablemente y le ofreció a ella la otra mitad. En eso invitaron a abordar. La ejecutiva se puso inmediatamente de pie y al poco rato se instaló en su lugar (de primera clase, obviamente). El problema fue que cuando se estaba acomodando en su sitio, escuchó el característico ruido de un papel celofán  en su bolso de mano. En efecto. Allí estaban, íntegras, sus galletas. Y lo que estuvieron comiendo, entre los dos, fueron otras galletas del joven estudiante.

 

           Me parece aprovechable la actitud de este muchacho. Pronto a compartir lo suyo, sin darse importancia. Simplemente haciendo agradable la vida a los demás. En este caso, la espera del vuelo a quien estaba a su lado. De eso se trata. De descubrir, como nos decía el profeta Ezequiel, a la oveja perdida que necesita ser encontrada, a la herida que tiene que ser curada, a la débil que requiere ser fortalecida…[8]

 

Con la gracia de Dios

 

  1. Y, ¿cómo vamos a conseguir un amor así?, ¿cómo estar a la altura de lo que nos pide Cristo, cuando tenemos abundante experiencia de nuestra mezquindad y egoísmo? Pues dejándonos trasformar por su gracia. Solo así lograremos el amor fraterno y la amistad social que nos exige la crítica situación actual. Roguemos a Cristo Rey que tome posesión de nuestros pobres corazones y los haga semejantes al suyo.

           Un pequeño propósito: servir un poco cada día.  Tener pequeños vencimientos en la mesa, en la sala de estar, en la oficina o en el club social. Servicio, decía san Josemaría. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por él, a todos los que han sido redimidos con su sangre[9].

 

           Que la Virgen Santísima, la Reina Madre, nos ayude a perseverar.

 

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 22 de noviembre de 2020.

 

[1] Homilía en la fiesta de Jesucristo Rey del universo, ciclo A.

[2] Cfr. Misal Romano, solemnidad de Jesucristo Rey del universo, prefacio.

[3]  Cfr. Mateo 20, 25.

[4] Juan 18, 37-38.

[5] Mateo 20, 28.

[6] Papa Francisco, Fratelli tutti, n. 115.

[7] Ibid. nn. 93-94.

[8] Cfr. primera lectura, Ezequiel 34, 15-17.

[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 182.