Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

San José en la Nochebuena[1]

 

Un momento difícil

 

  1. Aunque la tradición popular de nuestras posadas ha revestido de música y de alegría la situación de los peregrinos en la noche santa de Navidad, no deja de ser duro, incluso durísimo, lo que consigna el evangelio de san Lucas que acabamos de escuchar: No hubo lugar para ellos en la posada[2]. Los habitantes de Belén, prefirieron otros huéspedes, tal vez con más medios económicos o mejores relaciones sociales, que a la Sagrada Familia.

           Esta Nochebuena, tomando ocasión de la decisión del Santo Padre Francisco de dedicar la parte final de este año y prácticamente todo el próximo, a san José, la figura extraordinaria, tan cercana a nuestra condición humana[3], quisiera que nos fijáramos especialmente en su amable y atractiva personalidad y aprendamos de él, a vivir santamente esta Navidad. Que, indudablemente, se presenta también para nosotros muy dura, semejante a aquella primera Navidad que acabamos de recordar.

 

           Los ingratos parientes de María y de José no los reciben. Ese es el dato escueto. ¿Qué hace entonces José? ¿Acaso se resigna pasivamente, o se echa a llorar, o se pelea con medio mundo? Nada de eso. Hombre joven, apenas un poco mayor que la Virgen, fuerte, trabajador, con iniciativa. No se sumerge en lamentaciones estériles. Busca diligentemente el lugar menos inadecuado. San Lucas habla de que la Virgen recostó a su hijo en un pesebre, por tanto, estamos hablando de un establo. Un lugar frío, húmedo, desangelado y maloliente. Pero la laboriosidad de san José lo acondiciona con rapidez del mejor modo. Barre la suciedad, hace un buen fuego, aprovecha del mejor modo posible las tablas que encuentra. Y, así, a la vuelta de unos pocos minutos, aquello es un lugar digno. Su esposa, su amada esposa María, puede recibir a su bebé con luz, calor y limpieza.

 

Dar luz y calor

 

  1. Pues queridos hermanos, esa es la lección que yo les propongo y me propongo a mí mismo, esta noche. Si la dolorosa e inflexible pandemia que estamos viviendo amenaza nuestra paz interior, la unidad y convivencia familiar, nuestra situación económica o la misma alegría tan propia de esta celebración… no nos podemos quedar con los brazos cruzados y sumergidos en una triste resignación.

           Como san José, tenemos que amar y trabajar, trabajar y amar, con la mayor intensidad de que seamos capaces. En primer lugar, acondicionando nuestro corazón para recibir al Niño Jesús. Quitar de él, con energía, como hizo José en el establo, todo lo que estorba: egoísmo, vanidad, mentira, sensualidad… en definitiva, el pecado, el gran enemigo de nuestra vida interior.

 

           Poco antes de morir, san Josemaría reflexionaba sobre esa entrega tan bonita y tan accesible del Santo Patriarca: José –una historia de duros sucesos, combinados con la alegría de ser el custodio de Jesús– pone en juego su honra, la serena continuidad de su trabajo, la tranquilidad del futuro; toda su existencia es una pronta disponibilidad para lo que Dios le pide[4].

 

           Pues nosotros, igual. Preguntémonos qué es lo que el Señor nos pide en estas peculiares circunstancias que estamos viviendo. Leamos la Escritura, hagamos oración, pidamos consejo en la dirección espiritual y, una vez que tengamos clara en el horizonte la voluntad de Dios para nosotros, procuremos vivirla con decisión y alegría. Cristo iluminó el mundo entero, san José llenó de luz y de paz el pesebre de Belén, que nosotros sepamos iluminar el lugar donde el Señor nos ha colocado.

 

           Esa será, sin duda, la mejor contribución que podamos hacer, también, a las personas que Dios ha puesto a nuestro lado. Con ese modesto esfuerzo, elevaremos el tono humano y sobrenatural en la familia y en el lugar de trabajo;  con vecinos o con colegas. No olvidemos que a veces en la vida hace falta tener al lado caras sonrientes[5].

 

           Tengamos muy presente la enseñanza del Papa Francisco: Todos pueden encontrar en san José –el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia discreta y oculta– un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad[6].

 

           Y, obviamente, junto con José, no podemos dejar de contemplar a María. ¡Qué serenidad, qué dulzura, qué delicadeza más grandes en todo su comportamiento aquella noche bendita y siempre. No nos separemos de estos modelos. Así no habrá dificultad que nos pueda arrebatar la alegría de los hijos de Dios. 

 

Francisco A. Cantú, Pbro.
Santa Fe, Ciudad de México, a 24 de diciembre de 2020.

 

[1] Homilía de Nochebuena, 2020. Inspirada en una homilía también de Nochebuena de Mons. Luis María Martínez, Arzobispo Primado de México.

[2] Evangelio Lucas 2, 1-14.

[3] Papa Francisco, Carta apostólica Patris corde con motivo del 150 aniversario de la declaración de san José como patrono de la Iglesia Universal, 8-XII-2020.

[4] San Josemaría, Carta 14 de febrero de 1974.

[5] San Josemaría, Surco, n. 57.

[6]  Papa Francisco, Carta apostólica Patris corde con motivo del 150 aniversario de la declaración de san José como patrono de la Iglesia Universal, 8-XII-2020.