Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Tener a la Iglesia por Madre[1]

A orillas del Jordán

1. Un buen día, cuando Jesús rondaba los treinta años, quizás con una seriedad un tanto desacostumbrada, se despidió de su Madre. Había llegado el momento de manifestar abiertamente al pueblo de Israel su condición mesiánica. Ambos intercambiaron una intensa mirada. María comprende perfectamente lo que esta separación significa; luego, le daría un beso en la frente y, conteniendo las lágrimas, lo dejaría partir.

           Muy probablemente, Jesús se uniría entonces a alguna de las caravanas que se dirigían de Nazaret y sus alrededores a la ciudad de Jericó. Y de allí, emprendería el camino a las orillas del Jordán en donde Juan el Bautista predicaba y bautizaba a las gentes que buscaban la purificación de sus almas.

           Juan, no una, muchas veces insistió en que él no era el Mesías. Su misión era preparar el camino del Señor. En el texto de san Marcos que hoy se nos propone, lo vuelve a decir: Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo[2].

           Al llegar al río, Jesús se mezcla entre la gente que, en largas filas, espera pacientemente tu turno. Según su costumbre, quiere ser uno más, pasar oculto. Al adentrarse en las aguas del Jordán Él, que está completamente exento de pecado, pide a Juan el bautismo como si tuviese necesidad de perdón. En la versión de Mateo se refleja la sorpresa del precursor ante la presencia de Jesús. Se reconoce completamente indigno de hacerlo.  Juan se resistía, diciendo: Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tu vienes a que yo te bautice? Jesús respondió: Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos toda justicia[3].

           Por fin, ocurre el bautismo, y al salir Jesús del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre él. Se  oyó entonces una voz del cielo que decía: Tu eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias[4]. La tradición cristiana ha visto en ese rasgarse de los cielos una expresión de apertura de lo que el pecado de Adán antes había cerrado. No es el agua la que purifica al Señor, sino al contrario, es Cristo quien santifica a las aguas con su descenso y con la fuerza del Espíritu Santo. Lo que da comienzo a una nueva creación[5]. Predicaba san Gregorio Nacianceno: Jesús acude  a Juan; posiblemente para santificar al mismo que lo bautiza; con toda seguridad para sepultar en el agua a todo el viejo Adán; antes de nosotros y por nosotros, el que era espíritu y carne santifica el Jordán[6].

El bautismo, puerta de los sacramentos

           2. Los sacramentos, instituidos por Cristo, son una maravillosa expresión de la misericordia divina. Y el bautismo es, justamente, la puerta para todos ellos. Por el bautismo se nos lava la mancha del pecado original, se nos confiere la inaudita dignidad de los hijos de Dios, se nos infunden en el alma los dones y las virtudes sobrenaturales… Pero yo quisiera hoy destacar un hecho trascendental del que no siempre somos conscientes: por el bautismo nos incorporamos a la Iglesia. Enseña el Catecismos: Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe así mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo[7]. El creyente recibe la fe y la vida sobrenatural de la Iglesia, que es como su madre, como su familia.

           Esa ha sido la consoladora voluntad de Dios para sus discípulos desde el principio, desde Pentecostés. Enseña el Concilio Vaticano II: Fue voluntad de Dios santificar  y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo (una familia) que le confesara en verdad y le sirviera santamente[8]. Con qué honda convicción afirmaba san Cipriano de Cartago: Nadie puede tener a Dios por Padre, si no tiene a la Iglesia por Madre.

Lo visible y lo invisible en la Iglesia

           3. Ahora bien, no podemos olvidar que estamos ante un gran misterio. Por una parte, la Iglesia, tal como la pensó y fundó Jesucristo, es santa e inmaculada. Es su Reino, su Cuerpo místico, su pequeño rebaño, en fin, su Esposa Amada, por la que se entregó para santificarla[9]. Pero, por otra parte, está formada por hombres y mujeres con las evidentes limitaciones que esto implica.

           Es propio de la Iglesia ser a la vez humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina[10]. Y, algo que no podemos olvidar en ningún momento: Mientras que Cristo santo, inocente, sin mancha (Hebreos 7, 26), no conoció el pecado (…). La Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación[11].

           Este aspecto humano de la Iglesia a veces se nos hace dramáticamente patente, cuando algunos de sus miembros, que debieran de ser ejemplares, nos ofrecen malos ejemplos que lastiman y escandalizan a los fieles. Ante esos lamentables sucesos, hemos de responder con fe y visión sobrenatural. La Iglesia no es un mero fenómeno sociológico, como pudiera ser un partido político, un colegio profesional, un club deportivo… La Iglesia es Cristo entre nosotros.

Un amor apasionado a la Iglesia

           4. Hoy en día son legión los católicos que olvidan esto. Innumerables bautizados critican con total despego a la Iglesia, a sus dirigentes, a su doctrina… Quieren que se modernice, que sea más democrática, que flexibilice sus exigencias morales. Que sea, en definitiva, como a cada quien se le antoje. Olvidando que la Iglesia es y tiene que ser como Cristo la fundó, ya que solo así nos podrá cumplir con su misión. A esto se refería san Josemaría en una de sus homilías: Los tiempos no son de los hombres (…) los tiempos son de Dios, que es el Señor de la historia. Y la Iglesia puede dar las salvación a las almas, solo si permanece fiel a Cristo en su constitución, en sus dogmas y en su moral[12]       

           Quisiera invocar en este contexto, queridos hermanos, las palabras del profeta Isaías de la primera lectura: Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar, invóquenlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes[13]. Busquemos la conversión, el encuentro con Cristo en este año que empezamos. Pero busquémoslo del modo como Él lo ha dispuesto. Unidos a la Iglesia y recibiendo con la mayor fe y la mayor devoción sus enseñanzas y sus santos sacramentos, empezando por el bautismo.

           Se cuenta de aquella gran mujer y gran santa que fue Catalina de Siena, que poco antes de morir exclamó: Si muero, sepan ustedes que muero de pasión por la Iglesia. Efectivamente, viviendo en una época muy turbulenta (siglo XIV),  la amó y la defendió a lo largo de su intensa y corta vida; lo hizo con su ejemplo y con su palabra, con sus cartas y escritos, con su oración y con incontables sacrificios… y, cuando ya no tenía otra cosa en el mundo, ofreció su muerte por ella.

           Que María, Madre de la Iglesia, nos consiga la gracia de ser buenos hijos de la Iglesia Santa, Católica, Apostólica y Romana.

Francisco A. Cantú, Pbro.
Santa Fe, Ciudad de México, a 10 de enero de 2021


[1] El Bautismo del Señor, ciclo B, 2021

[2] Evangelio, Marcos 1, 7-11.

[3] Mateo 3, 14-16.

[4] Evangelio, Marcos 1, 10-11.

[5]  Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 536.

[6]  Disertación, 39.

[7]  Catecismo de la Iglesia Católica, n. 166.

[8] Lumen gentium, n. 9.

[9]  Efesios 5, 26.

[10] Sacrosactum Concilium, 29.

[11] Lumen gentium, n. 8.

[12]  San Josemaría, Amar a la Iglesia, p. 66.

[13] Primera lectura, Isaías, 55, 6-7.