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Trabajar como burritos del Señor

Tres empleados de confianza

1. La liturgia de estos días insiste en recordarnos la precariedad de nuestra existencia terrena. Lo fugaz que es nuestro paso por este mundo y lo incierto del momento final. San Pablo lo advierte a los fieles de Tesalónica: Hermanos, ustedes no necesitan que les escribamos nada, puesto que saben perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche[1]. Como es sabido, la sorpresiva venida del Señor admite una doble lectura. Se puede referir al fin del mundo, ese estremecedor sonar de trompetas que presagia la parusía de Cristo y el juicio final, el fin de la historia; o bien, al encuentro personal de cada uno de nosotros con el Señor cuando, por medio de la muerte, nos llame a su presencia.

            Me parece que esta segunda acepción es la que nos ofrece el Evangelio de hoy con la célebre parábola de los talentos (o millones, como prefiere traducir la versión litúrgica mexicana). Estamos ante tres empleados de confianza de un gran señor. Antes de partir en un viaje a tierras muy lejanas, los convoca y les ofrece una importante cantidad de dinero para que negocien con ella en su ausencia. Los primeros dos, diligentemente, ponen al servicio de su amo todo su empeño y obtienen excelentes resultados, duplican el monto recibido. El tercero se comporta de una manera decepcionante: hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor[2].

            Como es comprensible, mientras el amo felicita y premia a los que actuaron responsablemente, monta en cólera con el holgazán que se limitó a devolver lo que le confiaron. Siervo malo y perezoso. Sabías que cosecho lo que no que no he plantado y recojo lo que no he sembrado. ¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco?

Y, a continuación viene el correspondiente castigo:  A este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación.

Un trabajador infatigable

            2. La parábola nos ofrece una buena oportunidad para reflexionar sobre la importancia del trabajo y del aprovechamiento del tiempo. Un tema en el que san Josemaría meditó e hizo meditar muchas veces, invitándonos a acentuar nuestro sentido de responsabilidad ante los bienes recibidos. En una ocasión proponía: Hay dos virtudes humanas –la laboriosidad y la diligencia–, que se confunden en una sola: en el empeño por sacar partido a los talentos que cada uno ha recibido de Dios (…). Porque el trabajo –lo vengo predicando desde 1928– no es una maldición, ni un castigo del pecado (…). En los planes del Señor, el hombre habría de trabajar siempre, cooperando así en la inmensa tarea de la creación[3].

            El propio san Josemaría fue un trabajador infatigable. Hay numerosos testimonios de su heroísmo en el cumplimiento de sus deberes tanto en su trabajo pastoral, como en la impresionante tarea que desplegó en la difusión de su misión divina: recordar a todos los hombres que  el trabajo, cualquier trabajo humano, digno y noble, puede convertirse en un quehacer santo, en un auténtico camino para la plena unión con Dios.

            Alguna vez dijo, con una acertada metáfora, que trabajar era para él y para sus hijos espirituales como una enfermedad crónica, contagiosa, incurable y progresiva. Y añadía con honda convicción: ¿Quieres de verdad ser santo? –Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces[4]

            El amor que tenía a la Eucaristía le llevaba a celebrar, de la manera más digna, el santo sacrificio de la misa. Con un silencio y recogimiento impresionantes. Ponía, además, gran esmero en muchos detalles de buen gusto, tanto en la construcción de los oratorios de los centros del Opus Dei, como en los vasos sagrados y en los ornamentos y demás elementos litúrgicos. Sin embargo, en cierta ocasión, en octubre de 1945, tuvo que celebrar misa en una residencia de estudiantes (Abando) que estaba en plena construcción en la ciudad de Bilbao, al norte de España. Las condiciones eran muy precarias. Como altar utilizó una mesa de madera apoyada en pilas de ladrillos y, mientras celebraba, llegaba estridente el eco del martilleo de los obreros que trabajaban en aquella instalación. Los que lo acompañaban, se preocuparon un poco. Pero él los tranquilizó. Esos martillazos, expresión viva del trabajo humano, no lo distrajeron. ¡Al contrario! Muchas veces se refirió al incidente hablando de aquellos  ¡benditos golpes!

Tiempo nublado

            3. Estamos viviendo en México y en el mundo un momento difícil. Un tiempo –bien lo sabemos– aceleradamente cambiante,  de inestabilidad económica y de grave incertidumbre, de inflación y desempleo. Si quisiéramos servirnos de una comparación meteorológica, atmosférica, diríamos que el tiempo está muy nublado, más aún, neblinoso, cerrado y gris. Pero ante este mal tiempo, el evangelio nos ofrece una poderosa luz. El mensaje de Cristo nos abre y clarifica el horizonte. Lo que tenemos que hacer es aprovechar a fondo nuestros talentos. Trabajar mucho y bien.

            Hay muchas cosas que escapan a nuestro control y no tenemos más remedio que dejarlas en las manos de Dios. Pero hay otras que sí están a nuestro alcance. Y una de ellas muy concreta, insisto, es realizar bien nuestro trabajo diario. Poner en esa labor: empeño, ilusión por mejorar, iniciativa, visión de conjunto, espíritu de servicio, cuidado de los detalles pequeños, competencia profesional[5]

            No nos perdamos. Vuelvo a citar a nuestro patrono: ¿Obstáculos?… –A veces, los hay,  –Pero, en ocasiones, te los inventas por comodidad o por cobardía[6]. Pongamos empeño en lo que está a nuestro alcance y esas densas y oscuras nubes de las que antes hablamos gradualmente desaparecerán.  Con su habitual buen humor, san Josemaría proponía como modelo la imagen de un rústico animal de trabajo: ¡Ojalá adquieras –las quieres alcanzar– las virtudes del borrico!: humilde, duro para el trabajo y perseverante (…) fiel, segurísimo en su paso, fuerte y –si tiene buen amo agradecido y obediente[7].

            Mantengámonos muy unidos a la Sagrada Familia de Jesús, María y José, imitando su convivencia familiar y su trabajo cotidiano. Serán una inagotable fuente de inspiración.

Francisco A. Cantú, Pbro.

Santa Fe, Ciudad de México, a 15 de noviembre de 2020.


[1]  Segunda lectura, 1 Tesalonicenses, 5, 1-6.

[2] Evangelio, Mateo, 25, 14-30.

[3]  San Josemaría, Amigos de Dios, n. 81.

[4] San Josemaría, Camino, n. 815.

[5]  Cfr. Beato Álvaro del Portillo, Como sal y como luz, p. 186.

[6]  San Josemaría, Surco, n. 505.

[7] San Josemaría, Forja, n. 380.